Nos ha tocado vivir una época interesante. Y la vulgaridad brilla en muchos de los ámbitos de nuestra existencia cotidiana. Seguramente es esta una de las paradojas del desarrollo o acaso la constatación de una maldición china[1]. Puede que alguien entienda inexplicable el caso de que uno de los más distinguidos y reconocidos lingüistas, que durante el ejercicio de su vida profesional –de tipógrafo y editor- e intelectual –de investigador incasable de la palabra- no se encuentre entre los miembros de nuestra ilustre Real Academia Española de la lengua. La mediocridad, la desvergüenza y la envidia son tres males que tienen enferma, no sé desde cuando, a nuestra sociedad.

Quien sepa un poco, ame al libro y la lectura, le atraiga e inquiete la edición y el lenguaje, conoce que José Martínez de Sousa es un erudito. Maestro en “limpiar, fijar y dar esplendor” a nuestro idioma. Su vida y obra le acreditan como todo un humanista, especie en peligro de extinción en el género humano.

Así que, cuando hace unas horas me hice con el último número de la revista El Noticiero de las ideas, que suelo comenzar a ojearla por el final, porque acostumbra a finalizar con su sección dedicada a los “Libros” y el artículo del escritor y crítico Antonio Papell, con el que nos ilustra sobre la actualidad editorial de nuestro país, me he llevado una gratísima impresión al leer su referencia a:

«El filólogo José Martínez de Sousa, quien gusta de autotitularse ortógrafo, ortotipógrafo y bibliólogo, uno de los lingüistas más ilustres de este país —y quizá por ello paradójicamente ausente de la Academia—, ha publicado una segunda edición, corregida, de su “Ortografía y ortotipografía del español actual” [Trea,Gijón], una obra definitiva sobre la materia»[2]

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