Las sombras. ¿Por qué mueren los poetas? David Foster Wallace.

Escrito por José María Vivancos en Septiembre 28th, 2008

Mientras que la mayoría de la ciudadanía anda preocupada en la falta de liquidez de sus economías familiares y por las penumbras que asisten al empleo en el futuro más inmediato – o al presente de muchos hoy -, por derroteros escapistas (dicen algunos) sigue el señor Zapatero sosteniendo la inigualable solidez del sistema financiero español (”optimismo táctico” según sus afines incondicionales) un día, y al otro sin torcer el gesto; echando flores a Bush y a su plan salvador de Wall Street – “dinero a cambio de basura”[1] -, asintiendo como mal menor que se tratará de socializar las pérdidas.

Jung denominó sombra a la personificación de la parte primitiva e instintiva del individuo[2]. Las sombras como nuestro alter ego es un recurso simbólico muy al uso lírico, aunque creo justo reconocerles un doble significado poético. Pueden representar la negrura, las tinieblas y la oscuridad, así bien pueden ser entendidas como enemigas del poeta por sus cualidades disruptivas. De otra parte se encuentran las sombras amigas, la gracia o chispa de las palabras consoladoras y concordantes, la luz espiritual de la ensoñación e inspiración. Iluminan las noches y desvelan los misterios[3]. Continuar leyendo »

Mahmud Darwish

Escrito por José María Vivancos en Agosto 10th, 2008

Un poema es un trozo de memoria. La poesía difícilmente se puede escribir y entender sin la carga de los recuerdos o elementos autobiográficos. De ahí, la fragilidad y la grandeza poética. Un lenguaje que conjuga la historia con la literatura, y que tiene vocación universal de inducir al pensamiento.

Ha muerto Mahmud Darwish, su vida ha sido una lucha de resistencia, desde que nació en la Galilea - en 1941, palestina - se vió obligado al exilio, pero su obra no ha sido lacónica. Extensa en libros y sobre todo en lectores.

¿No puedes apagar la luna para dormir
un poco sobre tus rodillas, para que la palabra se despierte
y alabe a una ola del trigo que crece entre las venas del mármol?

Huyes de mí, gacela temerosa, y danzas en torno a mí,
y no puedo alcanzar al corazón que muerde tus manos y grita: quédate
para que sepa de qué viento sopla sobre mí la nube de las palomas.[1]

Su corazón se rindió, probablemente no toleraba tanto quebranto y fatiga. Y sus versos no curan, no obstante son un placebo para el dolor: Continuar leyendo »


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