¿Quién no se ha preguntado alguna vez: qué pinto yo aquí? Cuando tenía veinte años estaba convencido de que se nos medía por el nivel de compromiso que íbamos adquiriendo socialmente. Tras pasar los cincuenta, los años nos demuestran que aquel “compromiso” equivalía a ser emisarios o delegados, más o menos cómplices de las consignas de un partido, movimiento político o líder.

Hace treinta años comencé a leer las primeras memorias de Carlos Barral[1], como otros muchos pensé: que cincuenta años son muchos, si se viven con tanta intensidad y ofrecen la oportunidad de recrearse uno mirándose al espejo. Y es que ¿acaso no es verdad, que cuando nos oímos o vemos por primera vez, en cualquiera de los artilugios tecnológicos que nos rodean, uno no se reconoce? ¿Pero ese soy yo?

En la medida en que la experiencia vital va siendo más intensa y extensa, con menor rigidez se muestra la imagen que preservamos de nosotros mismos e iniciamos a recorrer ese camino que conlleva ir reconociéndonos en los otros. Vamos reconstruyendo la vida, a pesar de los desencantos, y comprendemos que merecemos vivir. Así es el resplandor de la memoria. Continuar leyendo »