Kapuscinski cruzó innumerables fronteras escudriñando, contrastando la esencialidad humana. Admiró a Heródoto, con él se acopió de valor para recorrer el mundo y enseñarnos que se trata de un tejido vivo, palpitante, en que nada está dado ni definido de una vez para siempre sino que no cesa de transformarse, de cambiar, de crear nuevas relaciones y nuevos contextos (Viajes con Heródoto).

Pocos, como Kapuscinski, han podido definirnos la multiculturalidad y transferirnos sus parabienes. Ejemplarmente nos describió África, tan hondamente como para afirmar que África no existe (Ébano). El reportero de los pobres.

En octubre de 2003, antes de recoger en Oviedo el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, anunció que: «Nos espera un tiempo duro, de tensiones y de guerra, aunque también habrá aspectos positivos» (EL PAÍS).

El mejor homenaje que podemos tributarle es recordar sus tres principios inquebrantables para la información y el ejercicio de la profesión periodística: conciencia de la labor social que cumple la información, respeto hacia el otro y formación. Extrapolables a muchos otros ámbitos de la creación. Anduvo siempre, detrás de la verdad.

Hace un día aborrascado.
El horizonte también lo está.
La mirada aún permanece serena
y confiada,
por más que el futuro
se muestre desilusionante.

Otros enlaces:

Sala de Prensa, Nº 98, Febrero 2007, Año VIII, Vol. 3
“El paseo matutino” EL PAÍS, domingo 18 de febrero de 2007. p. 15-16.

Entradas Relacionadas