¿Quién no se ha preguntado alguna vez: qué pinto yo aquí? Cuando tenía veinte años estaba convencido de que se nos medía por el nivel de compromiso que íbamos adquiriendo socialmente. Tras pasar los cincuenta, los años nos demuestran que aquel “compromiso” equivalía a ser emisarios o delegados, más o menos cómplices de las consignas de un partido, movimiento político o líder.

Hace treinta años comencé a leer las primeras memorias de Carlos Barral[1], como otros muchos pensé: que cincuenta años son muchos, si se viven con tanta intensidad y ofrecen la oportunidad de recrearse uno mirándose al espejo. Y es que ¿acaso no es verdad, que cuando nos oímos o vemos por primera vez, en cualquiera de los artilugios tecnológicos que nos rodean, uno no se reconoce? ¿Pero ese soy yo?

En la medida en que la experiencia vital va siendo más intensa y extensa, con menor rigidez se muestra la imagen que preservamos de nosotros mismos e iniciamos a recorrer ese camino que conlleva ir reconociéndonos en los otros. Vamos reconstruyendo la vida, a pesar de los desencantos, y comprendemos que merecemos vivir. Así es el resplandor de la memoria.

Acabo de leer nuevamente Cuando las horas veloces – el tercer volumen de memorias de Carlos Barral –, y ha pasado un veintenio inmenso de aconteceres desde la primera lectura. Pero ya dijo Antonio Muñoz Molina[2] que nunca se vuelve a leer dos veces el mismo libro, porque aunque las palabras se mantengan intactas, sus significados adquieren nuevas interpretaciones. Del valor didáctico del río de Heráclito disertó también en más de una ocasión Juan de Mairena[3] a sus discípulos.

En Juan de Mairena[4], tanto de diario como de epítome del pensamiento machadiano, podemos encontrar claves para entender justo porqué:

- a Carlos Barral le divertía tanto leer como escribir Memorias donde «la cotidianidad y la rutina de la vida diaria han de estar» y que son «signo de salud de la sociedad literaria»[5].

- para Antonio Muñoz Molina «Agradecer es examinarse a uno mismo y ver cuánto de lo que somos y de lo que tenemos más valioso procede de otros o no habría llegado a existir sin ellos»[6].

- para Andrés Trapiello «El escritor de diarios no es mas que ese hombre, herido y solitario, que no se ha resignado todavía a ser como es, y se fabrica con la tenacidad de las nutrias un lugar a salvo de las crecidas y turbiones,»[7].

- para Luis García Montero y su poesía que busca «una verdad en la memoria» en Vista cansada donde «habla sobre el cansancio que uno tiene de ver cosas que no le gustan, pero también del cansancio de los objetos que uno ve. Creo que la modernidad está avergonzada de muchos de sus valores, a los que no defiende con coraje; y la veo un poco cansada de ella misma».

COMPROMISO
He derramado el vino tantas veces
sobre el mantel. Los dedos de la aurora
saben por mí que el rojo
no es el color de una bandera,
sino el cielo que rompe
en el amanecer de la ciudad.

He llegado a la noche tantas veces
sin salir de mí noche. Los extraños
saben por mí que el negro
no es el color de una bandera,
sino lluvia y paredes quemadas por la lluvia,
la herida del carbón en la memoria.

Nunca estuvo en mi mano ser feliz.
Pero conozco la alegría. Muchos
saben por mí que el blanco
no es el color de una bandera,
sino el jazmín sereno de la mortalidad,
sus pétalos blindados por el sol de la tarde.
[8]

En la vida cotidiana se encuentra el escenario de la Historia. Recuperar el más genuino de los sentidos del compromiso social implica mantenerse apasionadamente crítico, pues como diría Juan de Mairena hoy: no sólo es necesaria la libertad para decir lo que pensamos sino también para pensar lo que decimos.


NOTAS:

[1] Hace ya una treintena de años que me encontré con la obra de Carlos Barral gracias a la lectura semanal de Cuadernos para el diálogo donde escribía su “diario de un intransigente”.
Tras la desaparición de: Carlos Barral, Manuel Vázquez Montalbán y Luis Carandell, perdimos tres grandes escritores, y esos momentos singulares en los que nos reclamaban con sus críticas más allá de la simple crónica política. Fueron críticos de profesión. Cualquier recuerdo, toda clase de cosas eran engullidas por sus comentarios, sin ser necesariamente políticas. Con palabras del poeta y crítico Miguel García-Posada, eran apasionadamente o viciosamente críticos. De este autor y sobre el tema de la teoría y crítica literaria, puede verse la interesante obra:
García-Posada, Miguel (2001) El vicio crítico. Madrid: Espasa Calpe.

Carlos Barral fue escribiendo y publicando sus memorias escalonadamente tras cumplir cincuenta años:
- (1975) Años de penitencia. Madrid: Alianza.
- (1978) Los años sin excusa. Barcelona: Barral editores.
- (1988) Cuando las horas veloces. Barcelona: Tusquets.

[2] Muñoz Molina, Antonio (1998) Pura Alegría. Madrid: Alfaguara.

[3] Machado, Antonio (1972) Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936). Edición, introducción y notas de José Mª Valverde. Madrid: Castalia.

[4] Juan de Mairena tuvo dos apariciones, la primera antes de la guerra civil y la segunda la inicia a publicar Antonio Machado en la revista Hora de España en 1937. Entre ambas “Guiomar”. Conviene leer los comentarios de ambas versiones que hace José María Valverde, en la obra ya citada en la nota anterior, y, en:
Machado, Antonio (1971) Nuevas canciones y de un cancionero apócrifo. Edición, introducción y notas de José Mª Valverde. Madrid: Castalia.

Igualmente, se debe destacar lo que escriben los profesores Martín de Riquer y José Mª Valverde en su extraordinaria Historia de la literatura universal, recientemente reeditada por la editorial Gredos:
«La viudez representa la ruptura del posible enlace creyente de Antonio Machado con la realidad:
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.
A partir de entonces se ve al poeta ir abandonando gradualmente el verso, o hacerlo cada vez más esotérico y reflexivo, y aumentando en cambio sus meditaciones en prosa de aspecto semifilosófico, que, irónicamente atribuidas a personajes apócrifos, culminan en Juan de Mairena, uno de los libros más inteligentes, y, dentro de su humor, más hondamente críticos de la lengua española.» p. 577

[5] En 2001 los tres libros de memorias de Carlos Barral se publican en un solo volumen con prólogo de Josep María Castellet e introducción de Alberto Oliart, ambos amigos muy cercanos al autor:
Barral, Carlos (2001) Memorias. Barcelona: Península.
Pueden leer el capítulo IX de Cuando las horas veloces, pp. 254-276.

[6] Muñoz Molina, Antonio (1998) op. cit.
Es interesante leer lo que el autor decía de los “nacionalismos y fanatismos” hace diez años y el epílogo del libro “Pura alegría”: artículo publicado en el periódico ABC, en mayo de 1997, con motivo de la aparición de su novela Plenilunio.

[7] Trapiello, Andrés (1998) El escritor de diarios. Barcelona: Península.
Pueden leer el Prólogo del autor a su libro, pp. 9-13

[8] García Montero, Luis (2008) Vista cansada. Madrid: Visor.

[*] Con el ánimo de explicarles mejor la importancia que adquiere la cotidianidad en el arte y en la vida para mí, les sugiero a que gocen con dos películas que he visto últimamente. Las dos son como la cara y la cruz de una misma moneda, en cuanto a recuperación de lo cotidiano. Son ya parte del resplandor de la memoria:
- Caramel o Sukkar Banat de la directora y actriz libanesa Nadine Labaki.
- El prado de las estrellas del director español Mario Camus.

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