Naguib Mahfuz. Ha muerto un guerrero de la libertad.
Historia cultural, Ibn Jaldún, Pensamiento crítico, Principal Septiembre 1st, 2006
Lo más digno a destacar de Naguib Mahfuz[1] no es que le concedieran el Nobel de Literatura en 1988. La literatura árabe contemporánea puede alardear de contar con al menos una decena de escritores vivos tan loables como él.
La vida y obra del escritor cairota ha sido ejemplarmente creadora. Nada idealista, pero con una fe inquebrantable en el ser humano, al margen y por encima de las escalas de valores. Los parámetros que han condicionado su pensamiento, entiendo que son universalmente irrenunciables e ineludibles para construir y hacer creíble la convivencia humana.
Naguib Mahfuz no añoró el esplendor de la dinastía mameluca, pero ha sido un guerrero de la libertad, de la justicia, de la paz, fiel a la estirpe de aquellos esclavos que fieramente lucharon por su libertad y rigieron el destino de Egipto durante más de 250 años. Hoy, tras conocer su fallecimiento, he vuelto a leer en la Autobiografía (Ta’rif) de Ibn Jaldún, la imagen de El Cairo de entonces, al cual arribó el 6 de enero de 1382 y en donde reposan sus restos:
«entré a la metrópoli del universo, vergel del mundo, hormiguero de la especie humana, pórtico del islamismo, trono de la realeza, urbe embellecida con castillos y palacios, ornamentada con conventos de derviches y colegios, iluminada por plenilunios y constelaciones de la erudición. Sobre cada borde del Nilo se extendía un paraíso; la corriente de sus aguas reemplazaba, para los habitantes, a las aguas del cielo, en tanto los frutos y bienes de la tierra les rendían pleitesía. Crucé las calles de esta urbe pletóricas de gente y sus mercados rebosantes de todas las delicias de la vida. No quisiéramos parar de hablar de una ciudad que desplegaba tantos recursos y ofrecía tantas pruebas de la civilización más añeja. […] Poco después de mi llegada, una muchedumbre de estudiantes vino a rogarme que les diera clases. A pesar de mi limitado saber me precisaron a consentir en su deseo y comencé a dar un curso en el Djamii-al-Azhar [la Gran Mezquita Al-Azhar que data del año 988, como madraza fue la primera universidad de Egipto]».[2]
Naguib Mahfuz ha sido un digno continuador de la saga de pensadores y escritores árabes que han sabido mantener en el seno de su sociedad un debate crítico sin abdicar de sus creencias musulmanas, que han apoyado el diálogo de civilizaciones.
NOTAS:
[1] Mahfuz, Naguib (El Cairo, 1911-2006). De su vasta bibliografía quiero reseñarles, de ficción: El callejón de los milagros y la Trilogía de El Cairo (compuesta por los títulos: Entre dos palacios, Palacio del deseo y La azucarera) y como obra singular – no de ficción – que les sorprenderá: Diálogos del atardecer.
[2] Ibn Jaldún (1997). Introducción a la Historia Universal (Al-Muqaddimah). Trabulse, Elías (estudio preliminar, revisión y apéndices). Feres, Juan (traducción). México: Fondo de Cultura Económica, p. 75-76.
Diciembre 29th, 2006 a 2:59 pm
[...] Orhan Pamuk es el primer escritor turco que recibe el Nobel[15]. Señala su traductor al español, Rafael Carpintero, que es la cualidad más universal de su obra: «la estupefacción eterna del hombre ante el cambio, de la necesidad de agarrarse al pasado para que no nos atropelle el futuro»[16]. Su amargura y melancolía[17]. Su inequívoca defensa del librepensamiento y del diálogo entre civilizaciones[18]. Todos ellos son rasgos nucleares de su bibliografía que nos recuerda la obra de Naguib Mahfuz, fallecido el pasado 30 de agosto. Puede que no sea infundada la crítica de oportunismo político, que viene siendo una pauta reiterante, casi vocacional de la Academia Sueca a la hora de elegir a sus premiados, pero está fuera de toda duda la calidad de su literatura[19]: 31 Me llamo Rojo «… Puedo oír vuestra pregunta: ¿En qué consiste ser un color? El color es el tacto del ojo, la música de los sordos, una palabra en la oscuridad. Como desde hace decenas de miles de años he estado escuchando lo que hablaban las almas, como si fuera el susurro del viento, de libro en libro y de objeto en objeto, puedo afirmar que mi caricia se parece a la de los ángeles. Parte de mí llama a vuestros ojos desde aquí, ésa es mi parte seria; la otra se vuelve alada en el aire con vuestras miradas, ésa es mi parte ligera. ¡Qué feliz estoy de ser el rojo! Soy fogoso y fuerte; sé que llamo la atención y que no podéis resistiros a mí. No me oculto: para mí el refinamiento no se manifiesta a través de la debilidad o de la falta de fuerza, sino a través de la decisión y la voluntad. Me expongo abiertamente. No temo a los demás colores, ni a las sombras, ni a la multitud, ni a la soledad. ¡Qué hermoso es llenar con mi fuego triunfante una superficie que me está esperando! Allí donde me extiendo, brillan los ojos, se refuerzan las pasiones, se elevan las cejas y se aceleran los corazones. Miradme: ¡qué hermoso es vivir! Contempladme: ¡qué bello es ver! Vivir es ver. Aparezco en cualquier parte. La vida comienza conmigo, todo regresa a mí, creedme»[20]. [...]