«Vivir desviviéndose», así explicaba Américo Castro la historia de España: hace siglos que viene consistiendo, entre otras muchas cosas, en un anhelo de desvivirse[1]. Recuerdo, cuando estudié preuniversitario en 1970, mi profesora de Historia: Rosa María Valladares, inició el curso con dos curiosas aseveraciones. La primera, antropológicamente hablando, se refería a que la historia de la humanidad se podía resumir en “ritos, mitos y pitos”. Y con respecto a la historia de España, aseguraba que era “imposible conocer el presente desconociendo nuestro antepresente: la España de las «tres culturas» (cristianos, moros y judíos)”. Entonces me resultó tediosa, algo fatigosa la prosa de Américo Castro, ahora retomándola con las fronteras ensanchadas, resulta gratificante compartir su juicio esencial de la historia hispana. Porque es eso, desvivirse al fin de cuentas lo que hacemos, “cruzar fronteras”[2] procurando como ya lo hizo Heródoto[3]: conocer la «tierra ignota»[4].
No debemos dejar atrapar el pensamiento y comportamiento en la red de telarañas que conforman los prejuicios y hábitos, “correctos y modernos”, de los “progres biempensantes” que propagan la distorsión de la realidad y cercenan los valores ya adquiridos. Además, vuelven a vitalizarse mitologías, filosofías e ideologías fundadas en la inconsciencia, disfrazadas ingeniosamente, pretendiendo demostrar -entrever- una rigurosa elaboración científica. Y es que las fuerzas de la reacción siguen bien vivas marcando las pautas del “progreso”, ¿qué de los criterios de moral económica?, ¿cuál ética social ejercen las multinacionales? La capacidad productiva es inmensa […Pero] el problema es que esa capacidad está monopolizada por un número pequeño de oligarquías internacionales. En 2005, 500 sociedades controlaban más del 52% del PIB mundial. Y al mismo tiempo, el hambre aumenta: 100.000 personas mueren cada día de inanición. Cada cinco segundos, un niño menor de 10 años muere de hambre[5]. Esta es la brecha.
Hace unos días en contra de los nacionalismos y a favor de la tolerancia les proponía suscribir el Manifiesto Ciudadanos de Europa, hoy les invito a seguir desviviéndose con el Manifiesto de Euston. El único antídoto de la tradición es la esperanza, es decir, la perspectiva de un futuro abierto, y es éste el sentido profundo de la revolución[6]. Hay razones para la esperanza, el progreso de la humanidad es real a pesar de la gran brecha.

[1] Nos recuerda lo que ilustres españoles -Fernando Pérez de Guzmán, Quevedo, Gracián, Ortega, Unamuno…- pusieron de manifiesto de manera crítica con: tono de emocionada e irritada elegía […] Lo que importaría no es percibir lo que en ‘España invertebrada’ [obra de Ortega] haya de ‘contradictio in adjecto’, sino su sentido como un caso más de ese «vivir desviviéndose» que juzgo rasgo esencial de la historia hispana: Américo Castro (2001). España en su historia. Cristianos, moros y judíos. Barcelona: Crítica.

[2] Mi vida ha sido un cruzar constante de fronteras, tanto físicas como metafísicas. Ese es para mí el verdadero sentido de la vida. En: Kapuscinski, Ryszard (2006). Viajes con Heródoto. Barcelona: Anagrama.

[3] El autor de la ‘Historia’ se presenta desde el principio como un visionario del mundo, como un escritor capaz de pensar a escala planetaria, en una palabra, como el primer globalista […] Es el primero en descubrir la naturaleza multicultural del mundo. El primero en clamar que todas las culturas deben ser aceptadas y comprendidas, y que, para comprender una, antes hay que conocerla. ¿Que en qué se diferencian las unas de las otras? Pues, sobre todo, en las costumbres. Dime cómo te vistes, cómo te comportas, qué costumbres tienes, a qué dioses adoras y te diré quién eres. El ser humano no sólo crea cultura y vive en su seno. El ser humano la lleva dentro, él es cultura. En: Kapuscinski, Ryszard, op. cit.

[4] El concepto de frontera aparece estrechamente ligado al de avance científico. En realidad, la propia idea de conocimiento científico que poseemos sugiere la existencia de una «tierra ignota», cuya extensión pretendemos reducir a medida que ensanchamos la frontera de nuestros saberes. De: García Lizana, Antonio (1998). “La frontera y la innovación científica: el caso de la ciencia económica”. En: II Congreso Internacional de Estudios de Frontera. Actividad y vida en la frontera. Jaén: Diputación Provincial de Jaén.

[5] Jean Ziegler, relator de la ONU para la Alimentación, hacía estas consideraciones recientemente sobre datos de la FAO. En su último libro, con el cual pretende contribuir a armar las conciencias para buscar la solución que pasa por sentir vergüenza: El imperio de la vergüenza tiene como horizonte el deshonor que sufre cada hombre a causa del sufrimiento de sus semejantes. En: Ziegler, Jean (2006). El imperio de la vergüenza. Madrid: Taurus.

[6] Interpretando la tradición como el tradicionalismo. La tradicionalización frente a la innovación y el progresismo. Larui, Abdallah (1991). La crisis de los intelectuales árabes. Madrid: Libertarias/Prodhufi.

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