Cuando Portugal se separó del Reino de León (1139) hacen ya unos ochocientos setenta años, aún no existía España. Ese fue el nombre romano dado a la totalidad de Iberia[1]. Y el mito de la unidad de las Españas que la secuencia Asturias-León-Castilla asumiría como una herencia romana y visigoda, sirvió para designar la variedad de países y lenguas en que se componía Hispania.

Fue «el proceso de agregación de estados y reinos realizado por los Reyes Católicos»[2] y la unión de la dos coronas en 1479 (Castilla y Aragón), el que dio lugar a que, «se hablara de España y de los españoles como de algo definido y definible», dando origen «en la Historia a la España moderna»[3]. Así pues, Portugal llevaba más de tres siglos forjando su propia identidad, luchando contra Castilla y ya de entonces deviene su «recelo y resentimiento»[4].

Casi nueve siglos con una frontera que sólo dejó de existir durante sesenta años (1580-1640), a raíz de la muerte sin descendencia del mítico D. Sebastião en 1578. La muerte del joven rey adalid del Gran Portugal, derrotado por los moros en la batalla de Alcazarquivir, cuyo cadáver no querían reconocer, dio lugar a la leyenda del rey desejado-encoberto (escondido). En Lisboa, durante siglos se creía en su regreso, dándose lugar a una poesía mesiánica, surgiendo el «sebastianismo»[5].

Portugal y España, crearon, con descobrimentos y conquistas, vastísimos imperios coloniales antes de que otras naciones de Europa se lanzasen a tales empresas. En paralelo, ambos países se constituyen en bastiones de la Contrarreforma, con ello se atraen la envidia y la hostilidad de esas naciones. Y como ya lo fueron en su «lucha contra el infiel musulmán», persiguiendo y expulsando a judíos y moriscos, los baluartes de la fe, del catolicismo.

La internacionalización y la hegemonía de los reinos peninsulares – España – en Europa gestan la leyenda negra de las crueldades imperiales y las hogueras inquisitoriales[6]. Pero son los dominios de África y Asia, para Portugal; y las Indias, para España; los que afianzan a las respectivas monarquías reinantes y mediante ellos obtienen el carburante – oro y plata – para sostener el poder administrativo y militar.

Del colonialismo emerge el mercantilismo, y también el elemento integrador que permite la construcción de los Estados-nación al unísono de las restantes dinastías nacionales europeas. Pero, está por «determinar qué sacaron las metrópolis de las colonias, cómo quedaron éstas tras el expolio y como repercutió lo conseguido en las economías coloniales. […] Los cacareados beneficios conseguidos […] no cubren los costes de conseguirlos. Unos costes/beneficios muy controvertidos»[7]. Las sociedades, española y portuguesa, quedaron afectadas a cambio de que sus Coronas pudieran ejercer su hegemonía. Fueron España y Portugal durante siglos rehenes de sus Imperios.

En cuanto a la dimensión cultural, no se puede obviar, que a partir de los descubrimientos arrancan las épocas áureas de ambas culturas. El siglo de Oro de Iberia, desde Luis de Camões y Gil Vicente a Teresa de Jesús o Miguel de Cervantes. Desde la publicación en 1492 de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija hasta la muerte de Antonio Vieira “O Emperador da língua portuguesa”[8] en 1697.

Todo un prodigioso e incontable listado de artistas, literatos, pensadores, hombres de ciencias y leyes, que llenan de contenido con sus obras el Humanismo, el Renacimiento y el Barroco. Y no casualmente, los siglos en que más unidas estuvieron y mejor se comprendieron ambas culturas, de ahí el «paralelismo e assincronia» del que habló más tarde Fidelino de Figueiredo. Después vino el abismo y la raia/raya[9].

Aunque la retórica de los políticos y gobernantes de turno proclamaban que somos hermanos. Hermanos, que aún en los tiempos modernos hasta el ingreso oficial de ambos Estados en la Unión Europea en 1986, se ignoraban o se despreciaban, a lo que contribuyó significativamente el largo periodo en que ambos pueblos, durante el siglo XX, estuvieron dominados por el fascismo: el Estado Novo de Salazar en Portugal y el Franquismo en España.

Para muchos portugueses España no era más que el vasto espacio geográfico que había que atravesar para llegar a Francia. Y, para la mayoría de los españoles, Portugal era la “vecina chica y pobre”. No obstante, muchos hombres de bien han mantenido encendida durante siglos la llama del iberismo[10]. La confianza en una utopía, sustentada en que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, dado que Portugal y España tienen una historia que no puede ser entendida plenamente sin referencias mutuas. Y, no es banal, el viejo aforismo de que la historia es maestra de la vida[11].

IBÉRIA

Terra.
Quanto a palavra der, e nada mais.
Só assim a resume
Quem a contempla do mais alto cume,
Carregada de sol e de pinhais.

Terra-tumor-de-angústia de saber
Se o mar é fundo e ao fim deixa passar…
Uma antena da Europa a receber
A voz do longe que lhe quer falar…

Terra de pão e vinho
(A fome e a sede só virão depois,
Quando a espuma salgada for caminho
Onde um caminha desdobrado em dois).

Terra nua e tamanha
Que nela coube o Velho-Mundo e o Novo…
Que nela cabem Portugal e a Espanha
E a loucura com asas do seu Povo.

≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈

Tierra.
Lo que esta palabra diga, y nada más.
Sólo así la resume
quien la contempla desde la mayor cumbre,
cargada de sol y de pinares.

Tierra-tumor-de-angustia de saber
si el mar es hondo y deja al fin pasar…
Una antena de Europa para recoger
a la remota voz que le quiere hablar…

Tierra de pan y vino
(hambre y sed sólo vendrán después
cuando la espuma salada sea camino
por el que uno camina desdoblado en dos).

Tierra desnuda y tan ancha
que contuvo al Viejo y al Mundo Nuevo…
Que contiene a Portugal y a España
y a la locura alada de su pueblo.
Miguel Torga[12]

Continuará con: [2] O fado


NOTAS:

[1] Valdeón Baruque, Julio (2006) La reconquista. El concepto de España; unidad y diversidad. Madrid: Espasa Calpe. pp.:23-24:
«La palabra “España”, como ya dijimos, procede del término latino “Hispania”, denominación que los romanos aplicaron al conjunto de la península Ibérica y a sus tierras adyacentes, entre ellas lógicamente, las islas Baleares, cuando, tras su conquista militar, las incorporaron a los extensos dominios del Imperio Romano. Según lo que ha señalado el conocido historiador del mundo antiguo José María Blázquez, “los testimonios más antiguos de la palabra Hispania se encuentran en el historiador romano Tito Livio”(i). ¿Cabe admitir, asimismo, que el término Hispania, según lo ha señalado por su parte otro destacado investigador, José Luis Cunchillos, significaba algo parecido, por sorprendente que parezca, a “costa de metales”(ii). Sin duda, con ese término aludían los ciudadanos romanos a un espacio geográfico singular que estaba separado del resto del continente europeo por la impresionante barrera formada por los montes Pirineos. De todos modos, el conjunto de Hispania se dividió en un principio en dos grandes provincias denominadas la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior. Posteriormente las tierras de la península Ibérica se fragmentaron en un amplio mosaico de diversas provincias. Nos referimos a las provincias denominadas Tarraconense, Cartaginense, Lusitania, Gallaecia y Bética.»
(i) José María Blázquez, «El nombre de Hispania aparece en la historia. Los hispanos en el Imperio Romano», en De Hispania a Epaña. El nombre y el concepto a través de los siglos, Editorial Temas de Hoy, Madrid, 2005, pág. 20.
(ii) José Luis Cunchillos, «Nueva etimología de la palabra “Hispania” », en Actas del IV Congreso Internacional de Estudios Fenicios y Púnicos, I, Cádiz, 2000, págs. 217-225.

[2] Caro Baroja, Julio (2004) El mito del carácter nacional. Madrid: Caro Raggio. p. 40:
«El proceso de agregación de estados y reinos realizado por los Reyes Católicos en muy pocos años relativamente es el que dio pábulo a que, a partir de ellos, se hablara de España y de los españoles como de algo definido y definible, ni más ni menos. Y en esto de tener origen en una monarquía de fines de la Edad Media y comienzos de la Moderna, también España y los españoles se diferencian de otros europeos e incluso puede ser que se adelantaran».

[3] Valdeón Baruque, Julio (2006) op. cit pp. 178-179.
Conviene acudir también a la invención de la nación española:
Marías, Julián (1993) “XIII La españolización de Castilla y la invención de la nación española”. En: España inteligible. Razón histórica de las Españas. Madrid: Alianza. pp. 143-156.

[4] Castro, Américo (2001) España en su historia. Cristianos, moros y judíos. Barcelona: Crítica. pp. 150-151: «Portugal nació y creció por su voluntad de no ser Castilla, a lo que debió indudables grandezas y también algunas miserias. Borgoña intentó hacer en Castilla lo que los normandos habían conseguido en Inglaterra algunos años antes: instaurar una dinastía extranjera. Las luchas con el Islam y la vitalidad castellana malograron el proyecto, pero no impidieron que naciese un reino al oeste de la Península. No surgió ese reino desde dentro de su misma existencia —según aconteció a la Castilla del conde Fernán González—, sino de ambiciones exteriores. La prueba es que la esencia hispanogalaica de Portugal quedó intacta, de lo cual es signo elocuente la falta total de una poesía épica. Si el belicismo portugués hubiera procedido de la íntima voluntad de su pueblo, como en Castilla, el conde Enrique, o su hijo Alfonso Enríquez, se habrían convertido en temas épicos. Mas los pobladores extranjeros no podían crear ninguna épica nacional, y los gallegos venidos del Norte continuaban siendo líricos y soñadores. Su combatividad les vino de fuera. La única aureola poética en torno a Alfonso Enríquez se ajusta al modelo galaico y santiaguista: la victoria de Ourique (1139), tras la cual Alfonso se proclamó rey, aconteció el 25 de julio, fiesta del apóstol; […] Portugal se hizo luchando contra la morisma en su frontera sur, y contra Castilla en su retaguardia; a aquel trozo desgajado de Galicia se le desarrolló un ánimo de ciudad cercada, que la débil monarquía castellana de la Edad Media no pudo dominar, y no supo asimilar la España de Felipe II (grandeza entre nubes). El recelo y el resentimiento frente a Castilla forjaron a Portugal, nacido del enérgico impulso de Borgoña en los siglos XI y XII».

[5] Sebastianismo: «Es un movimiento religioso, formado alrededor de una figura nacional, en el sentido de un mito», según Fernando Pessoa

Para profundizar sobre la importancia de dicho movimiento en la historia de Portugal hay que leer:
Serrão, Joaquim Veríssimo (1987) Itinerários de El-Rei D. Sebastião 1568-1578. Lisboa : Academia Portuguesa de História: «movimiento místico-secular que recorrió Portugal en la segunda mitad del siglo XVI como consecuencia de la muerte del rey Don Sebastián en la Batalla de Alcazarquivir, en 1578»

En la Wikipedia.

[6] Para profundizar «sobre los ciento veinticinco años del “largo siglo XVI”, de los Reyes Católicos a Felipe II, se hace descansar, por una tradición historiográfica bien arraigada, lo que fueran los fundamentos de España tal como hoy se conoce. Años que pusieron fin al cuasi aislamiento medieval de los reinos hispanos; años de apertura e internacionalismo, al incardinarse de pleno aquellos reinos en una Europa donde llegaron a alcanzar una hegemonía y supremacía política y militar indiscutibles. Años, en fin, en los que se gesta desde Europa la llamada «leyenda negra», pero también en los que se reconoce el arranque de una cultura nacional de original valor simbolizada por el Siglo de Oro español. Temas todos ellos atractivos, cuestionados y polémicos donde los haya, enraizados en la conciencia hispana y trascendidos a la historia común europea de la edad moderna». Del prólogo de:
Bernal, Antonio-Miguel (2007) “Monarquía e imperio”. En: Historia de España. Volumen 3 de Joseph Fontana y Ramón Villares (directores). Barcelona: Crítica/Marcial Pons.

En relación a la tan manida leyenda negra, merece leer la demostración sobre la falsedad de tal apelativo que formuló Julián Marías en “XVII La leyenda negra y sus consecuencias” de su op. cit pp. 199-211.

[7] Tomado de otra obra de imprescindible lectura:
Bernal, Antonio-Miguel (2005) España, proyecto inacabado. Los costes/beneficios del imperio. Madrid: Fundación Carolina/Marcial Pons.

[8] «así le llamó al Padre Antonio Vieira (1608-1697) el mayor poeta portugués del siglo XX, Fernando Pessoa.», tomado del artículo de:
Didier Hugues [en línea] “Antonio Vieira: un predicador portugués frente a la oratoria sagrada española”. CRITICÓN, 84-85, 2002, pp. 233-243.

[9] Existen diversas interpretaciones entorno así el factor poblacional y/o de la propiedad y explotación de la tierra fueran o no determinantes para medir el crecimiento económico durante el siglo XVI y XVII y a su incidencia en el aprovechamiento/fracaso de los recursos económicos, tal como pone de manifiesto el profesor Bernal en sus obras ya citadas, lo que queda claro es que «en el contexto europeo occidental del siglo XVI España no dejaba de ser un país escasamente poblado con inmensos espacios vacíos, que es la impresión cualitativa que transmiten los viajeros que la visitan. Por densidad poblacional, la Península Ibérica, con 17 habitantes por kilómetro cuadrado hacia 1600, quedaba muy atrás respecto a los 48 de los Países Bajos, 44 de Italia, 36 de Inglaterra, 34 de Francia o 28 de Alemania;». Sin dudas un hecho diferenciador al que aluden los primeros críticos sobre la «decadencia» es: la «sangría migratoria de Castilla a las Indias y de Portugal a sus colonias. Y «la construcción del estado, con aspiraciones nacionales, va de la mano de la forja del primer imperio colonial del mundo moderno. Yambos procesos se definieron y condicionaron mutuamente. Fenómenos interdependientes cuyas relaciones económicas y políticas quedarían establecidas, según la historiografía clásica, por la vía de la subordinación al quedar el imperio colonial sujeto a las exigencias y necesidades del estado […] En realidad, durante el siglo XVI, casi tres cuartas partes del oro y la plata llegados de las Indias lo hacían en calidad de contravalor de las exportaciones manufactureras giradas desde el puerto de Sevilla, provenientes en su mayoría de los centros industriales más dinámicos de Europa. A su vez, el flujo de oro y plata generado, como contrapartida, inducía unos efectos inflacionistas en la economía española en términos absolutos y relativos respecto al resto de las naciones europeas que, pese a las interpretaciones múltiples que lo matizan, nunca se ha puesto en cuestión y que a la larga terminó por comprometer todo intento serio de renovación y expansión del aparato productivo nacional. La monarquía se veía abocada cada vez más a depender de la parte sustanciosa que le correspondía de dichas remesas, a las que ya no podría renunciar sin arriesgar seriamente la viabilidad del proyecto político emprendido cara a Europa, pero para acrecentar su cuantía era imprescindible seguir exportando manufacturas fabricadas en los talleres industriales de media Europa, salvo los de España con algunas que otras excepciones». De: Bernal, Antonio-Miguel (2007) op. cit pp. 371, 429-430.

Para documentarse sobre la historia de Portugal, nada mejor que consultar y leer la Historia de Portugal del ilustre historiador portugués Joaquim Veríssimo Serrão, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1995, de la que van publicados 14 volúmenes, desgraciadamente aún no traducidos al castellano:
Serrão, Joaquim Veríssimo (1978-) História de Portugal. Lisboa : Verbo

Y en cuanto a la Raia/Raya, debemos recordar como hasta finales del pasado siglo XX ha sido la gran frontera del subdesarrollo: “el muro de la vergüenza ibérico”. Resulta estremecedor para todos los que hemos conocido de antaño la Raia volver hoy a leer:
Pintado, Antonio [seudónimo de Luis Carandell] y Barrenechea, Eduardo (1972) La raya de Portugal. La frontera del subdesarrollo. Madrid: Cuadernos para el Diálogo.
«Hay en la península Ibérica una gran zona (mayor en extensión superficial que Grecia o Checoslovaquia, vez y media Austria, tres veces mayor que Dinamarca o Suiza y cuatro veces Holanda o Bélgica…) formada por nueve distritos portugueses y seis provincias españolas, que constituye —en su conjunto— la pervivencia más notable y extensa de subdesarrollo de toda Europa. Más de cuatro millones y medio de habitantes, en su mayoría campesinos, pueblan ralamente esta zona fronteriza de 138.000 kilómetros cuadrados, con una presencia industrial anecdótica y servicios incipientes. Tal es el marco —que nos ayudan a trazar, demás, los altos índices de analfabetismo— donde en el decenio 1960-1970 la pérdida absoluta de población ha escalado hasta cerca de las 1.500.000 de personas, y la sangría de la emigración alcanza las cotas más altas en ambos países. […] España y Portugal semejan un matrimonio que guarda mucho las apariencias, pero que dentro de casa tienen camas separadas. Y para darse cuenta de los extremos a que llega ese divorcio de hecho, no hay como recorrer -kilómetro a kilómetro- todas las provincias y distritos fronterizos.»

También, véase: Medina García, Eusebio [en línea] “Orígenes históricos y ambigüedad de la frontera hispano-lusa (La Raya)” En: Revista de Estudios Extremeños, Año 2006 Tomo LXII. Número II Mayo-Agosto [Consultado 22 de marzo de 2008].

[10] Otros enlaces de interés sobre el iberismo:
- Centro de estudios ibéricos
- Federación Anarquista Ibérica (FAI)
- Fundación Rei Afonso Henriques
- Iberistas | foro

[11] Castro, Américo (2001) op. cit: « Un país no es una entidad fija, un escenario en donde el tiempo va representando el espectáculo de la vida. La tierra y sus límites pueden estar dados por la geografía, pero la historia de un pueblo, la del hombre individuo-social, es algo que va surgiendo y mudándose en vista de las tareas que su vida le ofrece en cada momento. […] Mas la historia no es un acaecer de sucesos sino un vivirlos, o un desvivirse.

[12] Torga, Miguel (1998) Poemas ibéricos. Traducción y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Visor. pp.6-7

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