No es cualquier hombre, en cualquier momento y lugar, el que escribe de su vida. Debe tener conciencia de la singularidad de su existencia, lo que implica un cierto grado de individualismo. Además, ha de considerarse con cierta ejemplaridad, para que pueda interesar a alguien. Pero al unísono, el autobiógrafo, escapa de entregarse y proyecta el conocimiento introspectivo en el acto de escribir.

Aparece de esta manera inscrita, la escritura autobiográfica, entre dos movimientos o fuerzas (centrípeta ↔ centrífuga) de sentido contrario: «la concentración o búsqueda de un centro y la dispersión o desagregación de la coherencia del yo […] la confidencia diarística es una concentración (en los dos sentidos del término: búsqueda introspectiva de un centro y concentrada atención), más el modo del texto nos revela un yo disperso, que se da a conocer por yuxtaposición, y variable al capricho de los días o mismamente de las horas»[1].

Conviene igualmente poner de relieve, tal como ya ha quedado reflejado en los anteriores artículos, la estrecha relación entre los códigos técnicos-narrativos con los temáticos-ideológicos y la distinción historia/literatura que caracterizan el espacio autobiográfico. Afirmándose como la producción de la imagen de sí mismo, obedece a una estrategia de doble juego de los textos, la que ha sustentado a través del tiempo, la dicotomía entre novela y autobiografía.

Coimbra, 14 de Fevereiro de 1953 – Queda falar de mim. Precisava
de esparramar a alma neste papel, num largo e total despejo. Mas
nem sei por onde hei-de começar, nem vislumbro palavras que me
possam aliviar deste peso. Tenho a certeza de que, mesmo que
gastasse todas as que vêm no dicionário, ficaria como dantes,
repleto. O homem pode pouco, no domínio de alijar certos carregos
da alma. Se fosse possível alguém confessar-se totalmente (coisa
contrária à própria conservação da personalidade, que é um nó de
segredos), espalharia o terror à sua volta. Não. Há um limite, um
equilíbrio, uma espécie de vergonha da natureza, de que somos
participantes. Sabe-se que o centro da terra está em ignição.
Contudo, nem todos os montes são vulcões, nem os próprios vulcões
põem cá para fora toda a lava do mundo. Em matéria de intimidade,
as coisas passam-se com urna certa dosagem terapêutica. Nem
mesmo o cinismo dá garantias. Exactamente porque é cínico, vai
quase sempre além da verdade.
Talvez a condição humana, ao fim e ao cabo, seja feita para estes
siléncios cruciantes, que nos acompanham como a sombra que
fazemos, até guando não há sol… [2]

Desde esta perspectiva, «la autobiografía no puede darse en un medio cultural en el que la conciencia de sí, hablando con propiedad, no existe»[3]. A partir de finales del siglo XIX cobra un interés especial la autobiografía, gracias a Wilhelm Dilthey, que fue el primero en «entenderla como una forma esencial de comprensión de los principios organizativos de la experiencia, de nuestros modos de interpretación de la realidad histórica en que vivimos»[4]. El «acto autobiográfico es un modo de “autoinvención” que se practica primero en el vivir y que se formaliza en la escritura»[5] y así vindica el género autobiográfico frente a la pura ficción, superando la dualidad verdad/ficción, justificando su «capacidad cognoscitiva»[6].

Es preciso entender la expresión de espacio autobiográfico, de Lejeune, como el espacio donde convergen y se complementan la autobiografía y la novela, «es un modo de lectura tanto como un tipo de escritura» condicionado por el principio de semejanza que se evidencia entre autor, narrador y personaje (A = N = P = A) y el efecto contractual que se suscribe entre lector y autor — pacto autobiográfico —, de credibilidad y veracidad. Para Nora Catelli el espacio autobiográfico es: «el lugar donde un yo, prisionero de sí mismo, obsesivo, mujer o mentiroso, proclama, para poder narrar su historia, que él (o ella) fue aquello que hoy escribe. Postula, en síntesis, una relación de semejanza»[7].

Tampoco se puede obviar el tiempo. La autobiografía se centra mediante el tiempo, tal como la bios = vida, constituye su centro narrativo, no en vano es el relato del proceso de una vida. «La recuperación del tiempo es precisamente uno de los principales motivos del autobiógrafo»[8]. El tiempo autobiográfico es el otro eje de las coordenadas que define el acto de escribir. No existe el tiempo, es decir, no es invariable, al igual que la realidad es siempre inestable como ya la concibió Heráclito. El pasado y el futuro, ni son el presente, ni han existido como tales, ni existirán nunca.

El tiempo, diría Fernand Braudel diferencia a la Historia, lo pone manifiestamente claro uno de sus discípulos, Roger Chartier, de los mejores historiadores actuales en La historia o la lectura del tiempo, una de sus últimas reflexiones sobre el pasado: «la especificidad de la historia, dentro de las ciencias humanas y sociales, es su capacidad de distinguir y articular los diferentes tiempos que se hallan superpuestos en cada momento histórico». La historia, que «reivindicando su cientificismo […] no podía sino rechazar pensarse como un relato y como una escritura»[9].

Monforte do Alentejo, 28 de Dezembro de 1968.

ÉXTASE

Terra, minha medida!
Com que ternura te encontro
Sempre inteira nos sentidos!
Sempre redonda nos olhos,
Sempre segura nos pés,
Sempre a cheirar a fermento!
Terra amada!
Em qualquer sítio e momento,
Enrugada ou descampada,
Nunca te desconheci!
Berço do meu sofrimento,
Cabes em mim, e eu em ti! [10]

El espacio y el tiempo, coordenadas así descritas, según Lejeune y Bruss, potencian a la autobiografía como género literario. Pero, ya he sostenido, que necesariamente todo acto de escribir no es un acto literario[11]. No nos vale absolutizar una función literaria o bien una función histórica, a pesar de que la autobiografía sea artística y objetiva. En la obra autobiográfica, su autor se identifica con su personaje de manera bien distinta al de la novela[12]. Y el espacio objetivo de la historia no es sólo la proyección del historiador. La obra creativa, no es mera contemplación pasiva de una experiencia vivida, más verdad que mentira, es la propia vida[13].

Coimbra, 11 de Janeiro de 1974 – Uma palavra tranquilizadora
a alguns leitores devotados, apreensivos quanto ao desfecho
deste registo impresso dos meus dias, que o último poema do
último volume inculcava como ali terminado. Habituados à sua
leitura, querem que ele continue. E continuará, de certo, pois,
mesmo que eu pensasse o contrário, a vida é rica demais para
caber em qualquer premeditação. Apesar do nome próprio com
que o assino e de parecer um retrato em corpo inteiro, o traslado
não passa de urna íntima pesquisa, sem conclusão possível. No
instante em que eu dissesse sou isto, nada mais haveria a
acrescentar. Mas, como nunca saberei o que sou, nunca a caneta
terá sossego. De al que a cada vigésima quinta hora suceda
fatalmente uma vigésima sexta, e a esta, verosimilmente, uma
vigésima sétima, embora em cada uma tudo esteja consumado.
Cega-rega, obra sem remate, só a morte Ihe poderá dar fim.
Um fim triste, de resto, pois que a extensão que tiver viverá
Sempre da procura encarniçada e vã de um núcleo, que seria, se
fosse encontrado, a luz de uma cruciante negrura. Ponto dorido
que a ostra, mais feliz, ao menos identifica facilmente, e à volta
do qual segrega um calo de defesa a que os outros depois
chamarão pérola… [14]

Creo que no es necesario extenderme más y procede, en paralelo a las conclusiones de Racionalización. La totalización de las informaciones sobre la biografía, concretar las características del espacio autobiográfico:

1. La escritura autobiográfica es escritura del yo y en prosa principalmente. Pero, es diacrítica y coexisten ejemplos notorios de poesía memorialística, bien de la conjugación o inclusión de poemas en el texto ensayístico en prosa[15].
2. Discurso narrativo en el que se halla una sola entidad actancial. El estatuto autobiográfico viene definido por una triple relación de semejanza, la identidad común entre: autor, narrador y personaje[16].
3. Obra sobre la propia vida del autor = personaje, principalmente, ordenada con una secuencia temporal cronológica o yuxtaponiendo los tiempos, y de cualquier manera una narrativa incompleta (preocupación por la muerte jamás relatada), abierta al futuro.
4. Una historia individual, que termina por la decisión de su autor que suele ser incapaz de dominar, dejando en el lector la impresión de que juega con la muerte, de fin arbitrario y necesario.
5. El proyecto del autobiógrafo es (re)trazar o (re)crear un pasado y retratar al personaje y su realidad, re-construir y re-evaluar el pasado desde el presente de la enunciación. Concluye un pacto referencial. Un discurso histórico en cuanto el autobiógrafo trata de acreditarse en él[17].
6. El narrador/autor: sujeto del discurso plantea una narración sincera (si no en su plena integridad, sí parcialmente) de su existencia pasada a su principal destinatario (comunicación consigo, propio de la literatura intimista).
7. Para la investigación y elaboración, aplica un análisis antropológico-psicológico y manifiesta la interiorización del mundo exterior. Se inclina por la repetición, tiende a la recurrencia, a la redundancia (constitutiva del discurso poético), al patetismo.
8. La publicación autobiográfica es discurso literario[18] en cuanto conlleva: discursividad (destinatario/lector testigo ajeno a la narración y distinto del autor que legitima la historia), literaturidad (esmero estético, estilístico y técnico-formal), credibilidad (contrato por el cual el narrador se compromete a producir la imagen de la realidad y el destinatario a avalar el discurso)[19].
9. También acontece una identificación del narrador y del héroe de la narración. El autobiógrafo, cultivador de su individualidad, se ve ante el espejo e invita al lector a ser participe de su (re)creación[20].


NOTAS:

[1] Rocha, Clara (1992) Máscaras de Narciso. Estudos sobre a literatura autobiográfica em Portugal. Coimbra: Livraria Almedina. p. 27.

[2] Torga, Miguel (1999) Diário. Vols. I a VIII. 1941-1959. Lisboa: Publicações Dom Quixote. p. 674-675:
«Quería hablar de mí. Precisaba desparramar el alma en este papel, en un amplio y completo despeje. Más ni se por donde he de comenzar, ni vislumbro palabras que me puedan aliviar de este peso. Tengo la certeza de que, lo mismo gastase todas las que vienen en el diccionario, quedaría como de antes, repleto. El hombre puede poco, en el dominio de aliviar ciertas cargas del alma. Si fuese posible a alguien confesarse totalmente (cosa contraria a la propia conservación de la personalidad, que es un nudo de secretos), esparciría el terror a su vuelta. No. Hay un límite, un equilibrio, una especie de vergüenza de la naturaleza, de la que somos participantes. Se sabe que el centro de la tierra está en ignición. Sin embargo, ni todos los montes son volcanes, ni los propios volcanes echan para fuera toda la lava del mundo. En materia de intimidad, las cosas se pasan con una cierta dosificación terapéutica. Ni el propio cinismo da garantías. Exactamente porque es cínico, va casi siempre después de la verdad.
Tal vez la condición humana, al fin y al cabo, sea esa en esta ocasión para estos silencios mortificantes, que nos acompañan como la sombra que hacemos, hasta cuando no hay sol…».

[3] Gusdorf, Georges (1991) “Condiciones y límites de la autobiografía”. Anthropos. Revista de documentación científica de la cultura. Suplementos/29: La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental. Barcelona: Anthropos Editorial del Hombre. p. 10:
“La autobiografía solo resulta posible a condición de ciertas presuposiciones metafísicas. Resulta necesario, en primer lugar, que la humanidad haya salido, al precio de una revolución cultural, del cuadro mítico de las sabidurías tradicionales, para entrar en el reino peligroso de la historia. El hombre que se toma el trabajo de contar su vida sabe que el presente difiere del pasado y que no se repetirá en el futuro; se ha hecho sensible a las diferencias más que a las similitudes; en su renovación constante, en la incertidumbre de los acontecimientos y de los hombres, cree que resulta útil y valioso fijar su propia imagen, ya que, de otra manera, desaparecerá como todo lo demás de este mundo. La historia quiere ser la memoria de una humanidad que marcha hacia destinos imprevisibles; lucha contra la descomposición de las formas y de los seres. Cada hombre es importante para el mundo, cada vida y cada muerte; el testimonio que cada uno da de sí mismo enriquece el patrimonio común de la cultura”.

[4] Loureiro, Ángel G. (1991) “Problemas teóricos de la autobiografía”. Anthropos. Revista de documentación científica de la cultura. Suplementos/29: La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental. Barcelona: Anthropos Editorial del Hombre. p. 2:
«Dilthey propone estudiar la configuración histórica de una época tomando como modelo y punto de partida el estudio de las autobiografías, las cuales le ofrecerán las formas peculiares en que el ser humano ordena su experiencia en un momento histórico determinado».

[5] Eakin, Paul John (1994) En contacto con el mundo. Autobiografía y realidad. Madrid: Megazul-Endymion.

[6] Loureiro, Ángel G. (1991) op. cit, p. 5.

[7] Catelli, Nora (1991) El espacio autobiográfico. Barcelona: Lumen. p. 11. Y luego explica en la p. 71:
“El pacto referencial que la autobiografía suscribe con el lector, basado para Lejeune en la aceptación del vínculo semántico de semejanza a partir de la aceptación previa del vínculo lógico de la identidad, extiende esa relación de semejanza —no mimética— a todo el género […] Lejeune no duda en afirmar que es relación de relaciones, que se trata de un vínculo por el cual el narrador es al personaje —pasado o actual— lo que el autor es al modelo”.

[8] Olney, James (1991) “Alguna versiones de la memoria / Algunas versiones del bios: la ontología de la autobiografía”. Anthropos. Revista de documentación científica de la cultura. Suplementos/29: La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental. Barcelona: Anthropos Editorial del Hombre, 1987-1994. p. 34-35:
“Lo que yo propongo es que la vida en la que se fundamenta la autobiografía podría entenderse en más sentidos que en el perfectamente legítimo de «la historia y narrativa individual». Así, también se podría entender como un impulso vital, el impulso de la vida, que al ser vivido es transformado por el único medio característico y peculiar de todo individuo, su propia configuración psíquica; o sea, se podría entender como conciencia, pura y simple, la conciencia que no se refiere a objetos, acontecimientos u otras vidas, esto es, que no se refiere a otra vida que no sea la propia. […] «Si», tal como dice T.S. Eliot, «el tiempo es un presente eterno», entonces «el tiempo es irrecuperable». La recuperación del tiempo es precisamente uno de los principales motivos del autobiógrafo, quizá el principal o incluso el único y verdadero motivo del autobiógrafo”.

[9] Chartier, Roger (2007) La historia o la lectura del tiempo. Barcelona: Gedisa. pp 88 y 8. Del cual les sugiero que lean su epilogo: “Los tiempos de la historia”.

[10] Torga, Miguel (1999) Diário. Vols. IX a XVI. 1964-1993. Lisboa: Publicações Dom Quixote. p. 1152:

ÉXTASIS

Tierra, mi medida!
Con que ternura te encuentro
Siempre entera en los sentidos!
Siempre redonda en los ojos,
Siempre segura en los pies,
Siempre oler a fermento!
Tierra amada!
En cualquier sitio y momento,
Arrugada o descampada,
Nunca te desconocí!
Cuna de mi sufrimiento,
Cabes en mí, y yo en ti!

[11] El discurso autobiográfico: “Que deriva precisamente de la «dimensión pragmática» del discurso autobiográfico comprendiéndolo como «acto literario», que bien lo expresa en el título y en el cuerpo de su ensayo Elisabeth Bruss: “L’autobiographie considérée comme acte litteraire”. Posición que suscriben aquellos que «aun admitiendo que algunas formas autobiográficas utilizan procedimientos comunes a la novela, se resisten a considerar toda autobiografía una ficción», que como ya decíamos al principio, es la postura pragmática que suscriben, además de la mencionada E. Bruss, entre otros P. Lejeune; en oposición a los deconstruccionistas como Derrida, Paul de Man, R. Barthes, que insisten en que «toda narración de un yo es una forma de ficcionalización».”

Y pueden leer de Elisabeth Bruss: (1991) “Actos literarios”. Anthropos. Revista de documentación científica de la cultura. Suplementos/29: La autobiografía y sus problemas teóricos. Estudios e investigación documental. Barcelona: Anthropos Editorial del Hombre. p. 62-79.

[12] Todorov, Tzvetan (1991) Crítica de la crítica. Barcelona: Paidós Ibérica. pp 66, 98 y 119:
- “La palabra «novela» no se encuentra allí por azar. Es, en efecto, en el estatuto de la ficción en lo que hacen pensar esas ideas no asumidas: el autor hace hablar a sus personajes sin identificarse con lo que ellos dicen.”
- “La literatura no es una forma degradada de ciencia, no es una descripción del mundo, sino una expresión de los valores de una sociedad, un mundo imaginado.”
- “La literatura es arte, pero es también, otra cosa, por lo que se emparenta, no con la música y la danza, sino con el discurso de la historia, de la política o de la filosofía. […] La literatura es un medio de tomar posición frente a los valores de la sociedad; digamos de una vez que es ideología. Toda literatura ha sido siempre ambos, arte e ideología,”

[13] Gusdorf, Georges (1991) op. cit, p. 16-17:
“Toda autobiografía es una obra de arte, y, al mismo tiempo, una obra de edificación; no nos presenta al personaje visto desde fuera, en su comportamiento visible, sino la persona en su intimidad, no tal como fue, o tal como es, sino como cree y quiere ser y haber sido. […] La experiencia es la materia prima de toda creación, la cual elabora los elementos tomados de la realidad vivida. Uno solo puede imaginar a partir de lo que uno es, de lo que uno ha experimentado, en la realidad o en la aspiración. […] El privilegio de la autobiografía consiste, por lo tanto, a fin de cuentas, en que nos muestra no las etapas de un desarrollo, cuyo inventario es tarea del historiador, sino el esfuerzo de un creador para dotar de sentido su propia leyenda.”

Lejeune, Philippe (2004) “El pacto autobiográfico, veinticinco años después”. En: Fernández Prieto, Celia y Hermosilla Álvarez, Mª Angeles (eds.) Autobiografía en España: un balance. Actas del Congreso Internacional celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba del 25 al 27 de octubre de 2001. Madrid: Visor Libros. p. 163:
“Hoy sé que narrar la vida es simplemente vivir. Nosotros somos hombres-relato. La ficción es inventar algo diferente a esta vida….No, la autobiografía no es un caso particular de la novela, ni la inversa; las dos son casos particulares de la mise en récit.”

[14] Torga, Miguel (1999) Diário. Vols. IX a XVI. 1964-1993. Lisboa: Publicações Dom Quixote. p. 1268-1269:
«Una palabra tranquilizadora a algunos lectores consagrados, aprehensivos con relación al desenlace de este registro impreso de mis días, que el último poema del último volumen infundía en el ánimo como allí acababa. Habituados a su lectura, quieren que el continué. Y continuará, de cierto, pues, lo mismo que yo pensase lo contrario, la vida es abundante además para caber en cualquier premeditación. A pesar del nombre propio con el cual firmo y de parecer un retrato en cuerpo entero, la imagen no pasa de una intima indagación, sin conclusión posible. En el instante en que yo se dice soy este objeto, nada más sería posible acrecentar. Más, como nunca sabré el que soy, nunca la estilográfica tendrá sosiego. De ahí que a cada vigésima quinta hora suceda fatalmente una vigésima sexta, y a ésta, verosímilmente, una vigésima séptima, en buena hora en cada una todo esté consumado.
Habladora, obra sin remate, sólo la muerte le podrá dar fin. Un fin triste, finalmente, porque la extensión que tuviera vivirá siempre de la indagación encarnizada y vacía de un núcleo, que sería, si fuese encontrado, a la luz de una mortificante negrura. Punto dolorido que la ostra, más feliz, al menos identifica fácilmente, y a la vuelta del cual segrega un callo de defensa la que los otros después llamarán perla…»

[15] La primera persona gramatical «yo»es la mejor manera de evidenciar la historia individual, pero, se usa la segunda persona el para manifestar el carácter dialógico —según postula Todorov— (distinguir el yo sujeto del yo objeto de la narración), o bien la tercera persona. Un él, que suele disimular un yo heroico o narcisista, afirmando más el aspecto individualizante. Y en cuanto al lenguaje, un ejemplo de obra híbrida, no exclusiva, son los Diários de Torga.

[16] Romera Castillo, José (2006) De primera mano. Sobre escritura autobiográfica en Epaña (siglo XX). Madrid: Visor Libros. p. 41:
“En la escritura autobiográfica el sujeto emisor (el autor), a través del ente que da testimonio de sus hechos (el narrador), refleja su vida en un personaje que es su alter ego (protagonista). Por lo tanto, autor, narrador y personaje se identifican, desde un punto de vista estructural, en una sola entidad actancial a lo largo de un (auto) relato de vida. Relato de vida que para ser interpretado como autobiográfico es preciso que exista, desde la óptica pragmática, un pacto de lectura, entre el receptor con el texto y el emisor, para ser leído desde esta perspectiva.”

Discurso narrativo en acepción de Tzvetan Todorov, como corresponde a unas acciones en movimientos. Entre su amplia bibliografía es recomendable consultar su: Teoría de los géneros literarios. Madrid: Arco Libros, 1988.

[17] Chartier, Roger (2007) La historia o la lectura del tiempo. Barcelona: Gedisa. p. 39:
“Entre historia y ficción, la distinción parece clara y zanjada si se acepta que, en todas sus formas (míticas, literarias, metafóricas), la ficción es «un discurso que ‘informa’ de lo real, pero no pretende representarlo ni acreditarse en él», mientras que la historia pretende dar una representación adecuada de la realidad que fue y ya no es. En ese sentido, lo real es a la vez el objeto y el garante del discurso de la historia.”

[18] Rocha, Clara (1977) O espaço autobiográfico em Miguel Torga. Coimbra: Livraria Almedina. p. 141.

[19] Lledó, Emilio (1998) El silencio de la escritura. Madrid: Espasa Calpe. p. 116:
Autor y destinatario se identifican. El autor «es, a su vez, lector de sí mismo, en la tarea de receptor de su experiencia y constructor de su propia memoria» y el destinatario, como lector, «se transforma en autor que se escribe a sí mismo con la experiencia del otro».

[20] Caballé, Anna (2004) “La autobiografía contemporánea o la superación del memorialismo decimonónico”. En: Fernández Prieto, Celia y Hermosilla Álvarez, Mª Angeles (eds.). op. cit, Madrid: Visor Libros. p. 151:
“La creación literaria no se opone a la autobiografía pues la primera es necesaria para que la experiencia personal se traslade a otro nivel de veracidad, un nivel superior o trascendente, donde aquella experiencia puede ser compartida. Y tengo para mí que la orfandad que experimenta el autobiógrafo español a la hora de enfrentarse con su propio proyecto de escritura, su escasa identificación o diálogo con textos anteriores (quizás la excepción más notable sea el que establece Juan Goytisolo con Blanco White) y procedentes de su mismo ámbito cultural tiene que ver con la pobre participación de los principales textos en la problemática que ha planteado la modernidad: el cultivo y análisis de la individualidad específica.”

El poeta Luis Antonio de Villena es autor de unas memorias Ante el espejo. Editadas en 1982, en Argos Vergara, con una edición corregida, aparecida en Mondadori en 1988.

Nota final: las traducciones de los textos de Miguel Torga incluidos en este artículo son obra mía.

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