Desde el romanticismo – finales del siglo XVIII - hasta hoy, no han sido pocos, los que han sugerido que toda producción literaria es autobiográfica. Y actualmente sigue vigente el problema autobiográfico enfrentando a dos corrientes críticas, cuyas interpretaciones se verán más adelante, una, la de los deconstruccionistas que en línea con la proposición antes indicada, sostienen que «toda autobiografía se ha literaturizado», frente a otra de los pragmáticos, que abogan por «afirmar una especificidad genérica a la escritura del yo al margen de la ficción».

Desde ya expondré mi alineación con una tercera corriente, entre los que se encuentran estudiosos de la temática como el ya citado profesor José María Pozuelo que, sin pretender situar sus criterios en la síntesis de las anteriores – muy al uso en la historia de los planteamientos de investigación cuando pretenden alcanzar una definición de consenso sobre una disciplina o campo de estudio -, ni partir de una visión híbrida – muy fácil de objetivar -, proponen que el discurso autobiográfico es un género autónomo y fronterizo («frontera convencional»[1]) entre el discurso histórico vs discurso literario.

La modernidad y la posmodernidad han cuestionado permanentemente el concepto de género, enfatizando y justificando la libertad ilimitada de la escritura y la trasgresión de todas las reglas. Admitir la libertad y singularidad de cada escritor y su obra no está reñida con la existencia de los géneros literarios, es posible y necesario aceptar con Genette los géneros como «categorías propiamente literarias»[2] que «se especifican por el hecho de representar la realidad de modo particular y presentar caracteres estructurales distintos. Cada género literario representa un dominio particular de la experiencia humana, […y…] cada género representa al hombre y al mundo a través de una técnica y de una estilística propias […]»[3].

El no cuestionar la existencia de normas que deben ser respetadas, no conlleva a su absolutización. Las normas deben ser relativizadas en función de las «modificaciones históricas, socioculturales y estéticas sobrevenientes a la producción del texto», los géneros no deben «ser comprendidos como entidades cerradas e incomunicables entre sí. La realidad concreta de la literatura comprueba que, en la misma obra, pueden confluir diversos géneros literarios, aunque se verifique el predominio de uno de ellos»[4]. Sea dicho de paso, muy presente en la obra de Miguel Torga y otros muchos escritores actuales. Entendemos así, que nuestra opción por situar el discurso autobiográfico al otro lado de lo ficcional y de lo factual, es perfectamente válida y para nada con ella se pretende una práctica del doble discurso o doble lectura.

«Cualquier género literario es una parte integrante de un fenómeno comunicativo, social»[5]. Vamos a considerar el discurso autobiográfico en sentido amplio como soporte lingüístico, como producto de un acto de enunciación y como proceso que engloba toda la «escritura del yo»[6], así que no diferenciamos aquí las autobiografías del resto de la «literatura autobiográfica», incluyendo en ella los diarios claro está – véase Diarismo -.

Coimbra, 20 de Fevereiro de 1969— Que insondável mistério é
um ser humano! Quanto mais vivo e convivo — a observar homens
sãos e doentes —, mais se arreiga no meu espírito a convicção de
que nunca consegui conhecer verdadeiramente nenhum. O que
dizemos e o que fazemos pouco ou nada revelam de nós. Por mim
falo. Converso, escrevo páginas maciças de confissão, actuo, pareço
transparente. E quem um dia quiser saber o que fui, terá de me
adivinhar…[7]

Recordemos pues, que «la coherencia de la forma autobiográfica reside simultáneamente en la diferencia y en la proximidad que existe entre el sujeto y el objeto de la enunciación [Autor]»[8], dado que presupone la identidad y la distancia temporal entre un yo actual (A = Narrador) y el yo pasado (A = Personaje retratado). El yo es principio y fin del discurso autobiográfico. No obstante, la “escritura del yo” «no puede ser encarada como un proyecto meramente individual ya que las opciones de su esencia pasan, necesariamente, por el factor de coexistencia. El uso del pronombre de primera persona legitima la posibilidad de una elección [escolha], más el sujeto no existe sin el mundo, en virtud de la índole constructiva del existir»[9].

«La persona de quien se habla es también la que habla»[10], confiere un cierto estatuto ontológico a la escritura del yo, que mantiene una búsqueda de identidad entretanto escribe sobre su vida constatando que la propia acción narrativa, transcrita en el propio texto nunca le repara plenamente la totalidad de lo vivido. Por otra parte, retomando las funciones deícticas de los pronombres personales, hay que recordar que la deixis[11], cumple un papel importante, ciertamente apunta a un sujeto que enuncia la comunicación en una instancia espacio-temporal, pero ya se refería que dicho argumento es insuficiente para clasificar la escritura del yo, porque atendiendo a la concepción que Benveniste ha dado al discurso, «las partículas lingüísticas por sí mismas no pueden definir la actividad discursiva»[12].

Coimbra, 6 de marzo de 1978. Sigue el calvario del último volumen
de este Diario entre los que lo leen con malos ojos y los que lo
despellejan tendenciosamente. Y no puedo hacer nada. Ni vale la
pena. Al fin y al cabo no lo publiqué para gente así, sino para esos
bienaventurados que, de manera anónima, pero humana, son
capaces de seguir sin reservas el gráfico de las vivencias de un
semejante suyo, agónico, conmocionado por los estremecimientos
atroces de un tiempo sísmico. A seres limpios de alma que, antes
de entrar en la intimidad de un texto, se sienten moralmente
obligados a respetarlo.[13]

Que deriva precisamente de la «dimensión pragmática» del discurso autobiográfico comprendiéndolo como «acto literario»[14], que bien lo expresa en el título y en el cuerpo de su ensayo Elisabeth Bruss: “L’autobiographie considérée comme acte litteraire” (ya citado). Posición que suscriben aquellos que «aun admitiendo que algunas formas autobiográficas utilizan procedimientos comunes a la novela, se resisten a considerar toda autobiografía una ficción», que como ya decíamos al principio, es la postura pragmática que suscriben, además de la mencionada E. Bruss, entre otros P. Lejeune; en oposición a los deconstruccionistas como Derrida, Paul de Man, R. Barthes, que insisten en que «toda narración de un yo es una forma de ficcionalización»[15].

Y se llegaba a que el pacto autobiográfico (en el cual el autor se declaraba explícitamente idéntico al narrador y por tanto al personaje, dado que la narrativa es autodiegética), constituye la fórmula más adecuada para definir el discurso autobiográfico porque infiere un contrato de lectura o convenio de identidad que el autor (A = N = P) contrae ante el lector, obligándose a que los hechos presentados del personaje y apoyados por su testimonio (el narrador-autor los testifica) remiten a una verificación histórica. Es decir, pueden tomarse «como argumentos con valor casi documental en una construcción histórica, en un relato con atribuciones de verdad»[16].

Coimbra, 24 de agosto de 1988. El que lea este Diario y se fije en
las fechas, ha de preguntarse sin duda por qué hay tantos vacíos. Y
la respuesta es simple: no he tenido nada que decir. No se me ha
ocurrido una idea, no he sido capaz de un comentario, me he
quedado mudo ante el espectáculo insólito de la vida. Fascinado,
pero aturdido y sin voz. Sólo cuando está muy condicionado mi
espíritu consigue lucirse en la escritura. Soy poeta
circunstancialmente y cronista eventual de mis estados de espíritu.
Y hay ocasiones en que ningún verso aflora, en que ningún estímulo
interior o exterior motiva ninguna expansión. Y me callo. En este
sentido, dejo el mundo con la conciencia tranquila: nunca he escrito
una línea que no fuese para mí un imperativo. Como hombre de
letras he sido siempre un poseso.[17]

«El autor es más que una persona: es una persona que escribe y publica. […] la persona socialmente responsable de sus escritos, es el productor de un producto, la obra, y el lector sabe que detrás del nombre de la cubierta, que forma por cierto parte del libro y se sitúa entre el texto y el extratexto, hay alguien capaz de producir ese escrito y a quien remitir esa identificación. Porque en la autobiografía hay un hecho relevante socialmente: el lector entiende que el autor es productor de textos, que su obra justifica su narración y quizá su vida»[18]. También, al menos para mí, este contrato social se coliga con el principio de autoridad del autor, ya expuesto, al poder autónomo del intelectual, a la búsqueda de su autonomía, de su compromiso político y de su libertad crítica, como diría P. Bourdie[19].

Explicaba Antonio Gramsci, que «la autobiografía tiene ciertamente un valor histórico en cuanto que muestra la vida en acción. Por ello, la autobiografía viene a sustituir al ensayo político y filosófico pues describe en acción lo que de otro modo se deduciría lógicamente»[20]


NOTAS:

[1] Pozuelo Yvancos, José María (2006) De la autobiografía. Teoría y estilos. Barcelona: Crítica. p. 43: «Una frontera, claro está, convencional, como todas las fronteras, que separa artificialmente un territorio que como territorio será acaso uniformemente ficcional, pero que es línea fronteriza que, en efecto, actúa en la sociedad —y ha actuado— al entenderse en su producción y recepción como discurso distinto, específico y autentificador».

[2] Genette, Gerard (1998) Nuevo discurso del relato. Madrid: Cátedra. p. 79: «los géneros son categorías propiamente literarias, los modos son categorías que dependen de la lingüística, o más exactamente de aquello a lo que hoy se llama pragmática».

[3] Aguiar e Silva, Vítor Manuel de (1986) Teoría de la Literatura. Versión española de Valentín García Yebra. Madrid: Gredos. p. 188

[4] Aguiar e Silva, Vítor Manuel de (1986) ibid. p. 188 y 189. A continuación subraya el profesor Aguiar como «La poética moderna, desengañada de toda clase de tentaciones dogmáticas y absolutistas, buscando en la historia su fundamentación, ha rehabilitado el concepto de género literario. Mencionaremos sólo dos grandes nombres [Staiger y Lukás] de la poética y de la crítica literaria contemporáneas, dos autores profundamente distintos en su formación, en su ideología y en sus métodos de investigación, que repensaron con calma y rigor el concepto de género literario, concediéndole en su obra lugar preponderante».
Si desean profundizar sobre ello, pueden hacerlo leyendo de este clásico de la “Teoría de la Literatura” su capítulo IV sobre los “Géneros literarios”.

[5] Pozuelo Yvancos, José María (2006) op. cit p. 51.

[6] De acuerdo a las acepciones más significativas que del concepto de discurso refieren: Reis, Carlos y Lopes, Ana Cristina M.(2002) Diccionario de Narratología. Traducción de Ángel Marcos de Dios. Salamanca: Ediciones Almar.

[7] El texto sólo se encuentra en la versión original portuguesa. La traducción es mía:
Torga, Miguel (1999) Diário Vols. IX a XVI (1964-1993). Lisboa: Dom Quixote. pp. 1153-1154:
Que insondable misterio es un ser humano! Cuanto
más vivo y convivo – al observar hombres sanos y
enfermos – más se arraiga en mi espíritu la convicción
de que nunca conseguiré conocer verdaderamente
ninguno. Lo que decimos y hacemos poco o nada nos
revela. Hablo por mí. Converso, escribo páginas
rellenas de confesiones, actúo, opino claramente. Y
quién un día quiera saber el que fui, tendrá que
adivinarme…

[8] Rocha, Clara (1977) O espaço autobiográfico em Miguel Torga. Coimbra: Livraria Almedina. p. 65.

[9] Leão, Isabel Vaz Ponce de (2005) A obrigação, a devoção e a maceração (O diário de Miguel Torga). Lisboa: Impresa Nacional-Casa da Moeda. p. 23. También se podría haber traducido por “opción”. En portugués escolha es acción y efecto del verbo escolher: escoger, preferir, elegir; separar; marcar; optar. Véase:
> Martínez Almoyna, Julio (2000) Diccionário de Português - Espanhol. Porto: Porto Editora.

[10] Rocha, Clara (1992) Máscaras de Narciso. Estudos sobre a literatura autobiográfica em Portugal. Coimbra: Livraria Almedina. p. 45.

[11] «Deixis. Término griego que significa “indicación”, acción de mostrar o señalar, y que se viene utilizando en Lingüística como palabra técnica para designar «los rasgos orientativos de la lengua relativos al tiempo y al lugar de la expresión» (I. Lyons, 1971). Toda comunicación lingüística supone un hablante que se dirige a un oyente en unas determinadas circunstancias de tiempo y de lugar. Son los términos deícticos los que señalan esas circunstancias espacio-temporales en las que se desarrolla la expresión o enunciación y concretan la posición de los interlocutores con respecto al referente. En el ejemplo «Ayer llegamos aquí», los términos “ayer” y “aquí” señalan el tiempo y el lugar en los que el hablante sitúa el hecho de su llegada; en la frase «Allí está su maleta», el deíctico indica el lugar donde se encuentra el objeto y la distancia entre dicho objeto y el hablante. Se consideran términos deícticos los pronombres personales (”yo”, “tú”), los demostrativos (”este”, “ese”, “aquel”), los adverbios de tiempo y lugar (”ahora”, “aquí”, “allí”), y otras expresiones de referencia espaciotemporal. Evidentemente, también los nombres propios cumplen una función deíctica». Tomado de:
> Estébanez Calderón, Demetrio (1996) Diccionario de términos literarios. Madrid: Alianza. p. 277.

[12] Benveniste, Émile (1977) Problemas de lingüística general II. México: Siglo XXI.

[13] Torga, Miguel (1988) Diario (1932-1987). Selección, traducción, índices y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Alianza. p. 397.

[14] Tal como indica la profesora Clara Rocha, E. Bruss en dicho ensayo: «establece una analogía entre la noción de género literario y la de “acto ilocutivo”, tal como desarrolló, entre otros filósofos del lenguaje, J.R. Searle. Tal como los actos ilocutivos lingüísticos, los actos ilocutivos literarios reflejan situaciones específicas del lenguaje que la comunicación ha institucionalizado. Tal como una pregunta pretende obtener una información del receptor, también un género como la autobiografía se define, según E. Bruss, por el papel que desempeña y por las funciones a las que está asociada. De este modo, la autobiografía no es tanto un hecho “bruto” como un hecho institucional, que se asienta en un sistema de reglas de la forma “X corresponde a Y en la situación S”. Es en virtud de estas reglas que las características textuales asumen el valor de “señales” de una función determinada». Traducido de: Rocha, Clara (1977) op. cit p. 67.
Los actos ilocutivos son una de las modalidades que J.J. Austin y J.R. Searle utilizaron para distinguir los Actos de habla en: Estébanez Calderón, Demetrio (1996) op. cit pp. 14-15.

[15] Pozuelo Yvancos, José María (2006) op. cit p. 24-25: «el problema autobiográfico, tal como se plantea hoy, enfrenta dos corrientes críticas, dos interpretaciones:
a) Quienes piensan que toda narración de un yo es una forma de ficcionalización, inherente al estatuto retórico de la identidad y en concomitancia con una interpretación del sujeto como esfera del discurso. Una línea que arranca de Nietzsche, que reúne a Derrida, Paul de Man, R. Barthes y lo que se conoce en general como «deconstrucción», plantea un intrínseco carácter ficcional al género autobiográfico. Esta línea refuerza argumentativamente una tradición literaria que ha querido extender a toda literatura el dominio autobiográfico. Que la literatura toda es una forma autobiográfica lo han afirmado Goethe, Proust, Valéry en textos muy famosos. Lo que la deconstrucción hace es invertir la proposición haciendo que también toda autobiografía sea una literaturización —por el procedimiento de la ficcionalización— de tal práctica. Ambos dominios, como el filosófico, crítico y literario, no se distinguirían entre sí, sino retóricamente.
b) Quienes como Lejeune, E. Bruss, aun admitiendo que algunas formas autobiográficas utilizan procedimientos comunes a la novela, se resisten a considerar toda autobiografía una ficción. Precisamente buscarán definir los términos por los cuales la autobiografía se propone como discurso que afirma una especificidad de alguna naturaleza: histórica, pragmática o en el horizonte de las convenciones genéricas, toda vez que las autobiografías no son novelas ni la mayor parte de ellas entran siquiera en la categorización de obras literarias. En cualquiera de los elencos recogidos por los estudiosos encontramos cientos de textos autobiográficos que se proponen a sí mismos como testimonios verídicos, históricos y que son utilizados como base documental por los historiadores.
Que sea posible sostener tan dispar criterio se explica por la imposibilidad de discernir un estatuto formal de lo autobiográfico, puesto que autobiografías que se proponen como no ficcionales y novelas construidas con forma autobiográfica comparten idénticas formas discursivas. A ello se añade el continuo juego de trasvases de unas prácticas a otras y de ironización continua por la que los autores, en el horizonte de expectativas de la autobiografía y con sus propias formas, han construido ficciones que sólo cabe leer como tales».

[16] Pozuelo Yvancos, José María (2006) ibid. p. 29.

[17] Torga, Miguel (1997) Diario II (Últimas páginas. 1987-1993). Traducción, índices y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Alfaguara-Santillana. p. 93.

[18] Pozuelo Yvancos, José María (2006) ibid. p. 28.

[19] Bourdieu, Pierre (1995) Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario. Traducción de Thomas Kauf. Barcelona: Anagrama, 1995.
De ella pueden leer su “Post-scriptum” en donde afirma que: «El intelectual es un personaje bidimensional que sólo existe y subsiste como tal si (y tan sólo si) está investido de una autoridad específica, conferida por un mundo intelectual autónomo (es decir independiente de los poderes religiosos, políticos, económicos) cuyas leyes específicas respeta, y si (y tan sólo si) compromete esa autoridad específica en luchas políticas. Lejos de existir, como se suele creer, una antinomia entre la búsqueda de la autonomía (que caracteriza al arte, a la ciencia o a la literatura que se llaman «puros») y la búsqueda de la eficacia política, incrementando su autonomía (y, a través de ello, entre otras cosas, su libertad de crítica respecto a los poderes) los intelectuales pueden incrementar la eficacia de una acción política cuyos fines y medios se originan en la lógica específica de los campos de producción cultural».

[20] Baena Molina, Rosalía [et al] (2006) “El discurso autobiográfico: un análisis desde la historia, la pragmática y la poética”. Curso de Doctorado 2005-2006 de la Universidad de Navarra.

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