Discurso histórico – discurso literario
Escrituras del «yo», Principal Mayo 3rd, 2008La demarcación de espacios es muy compleja dentro de la literatura. En su seno no cabe hablar de un lenguaje que no sea ficcional: «el dominio de lo ficcional comprehende la totalidad de lo literario»[1]. La cuestión no está en buscar o sostener contraposiciones donde nos las hay. Es una evidencia, como en el proceso cognitivo, se necesita recurrir a ciertas diferenciaciones que faciliten aprehender la realidad. En la «escritura del yo», «como acto literario»[2], resulta complicado deslindar fronteras entre discurso histórico/discurso literario.
En aras de facilitar la comprensión de la «escritura del yo», es oportuno iniciar su análisis, contemplando la posibilidad de aislar funciones entre uno y otro discurso, con el objetivo de visualizar: un espacio textual (intra)literario y un espacio textual (extra)no-literario. Y de esta manera caracterizar a las obras literarias de las “no-literarias”. No obstante quede claro que por las teorías semióticas, en el espacio de la lengua, sólo cabe la diferenciación entre la lengua usual o común y la literaria o artística.
En el discurso histórico, prima la función referencial o factual. Referencias de acontecimientos, de los que trata de aislarse el «yo» responsable del discurso, para constituir un tipo de discurso que, se pretende objetivo y transparente, no se contamine por la subjetividad de su emisor. La función emotiva del emisor se sustrae a influir sobre el receptor del cual se aspira, que mediante el mensaje, pueda entender y verificar una realidad empírica. Así que el discurso histórico, como modalidad de uso del lenguaje, aspira sólo a señalar, es decir, meramente denotativo.
La transparencia de los signos que conlleva el mensaje, como aspiración de objetividad plena, del discurso histórico lo asemeja al «grado cero de la escritura» que Roland Barthes refiere[3], y que algunos autores apuntan como modelo más próximo al lenguaje científico. Sistemáticamente procura la neutralidad. Aunque, «esa idea de lengua neutra es una abstracción que tiene muy poco que ver con la realidad»[4].
El discurso histórico es monológico. Como en la épica y en el discurso científico, la escritura del discurso histórico no «dialoga consigo misma». El texto es mero instrumento para comunicar un mensaje entre el emisor y el receptor. La instrumentalidad del discurso histórico facilita su descodificación por los destinatarios, destinado para ser usado. Esta cualidad estrictamente utilitaria del discurso prevalece sobre lo imaginativo e inventivo.
En cambio, parece inviable explicar el discurso literario, sin el privilegio de permanentemente inventarse, afín a esa función emotiva o expresiva de su responsable, que insta a imaginar, y no apela del destinatario su verificación. Pertenece «al dominio connotativo-artístico»[5]. «El mensaje crea imaginariamente su propia realidad»[6].
El ser absolutamente ficcional es sin duda la propiedad más significativa pero no suficiente del discurso literario, como observa Pozuelo Yvancos[7]. La ficcionalidad, destaca la función poética del discurso literario frente al carácter referencial, denotativo, instrumental u utilitario del discurso histórico. Poética, denominación que reivindicó Fernando Lázaro Carreter, para singularizar «los estudios de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada»[8].
La literariedad, que acredita la esencia como tal de la obra de arte verbal («la pura y simple articulación de sus formas, es decir, de su composición y de su estilo») y que nada tiene que ver con la sustancia referencial que pueda transmitirnos. Aunque de ello no se deriva la existencia de una antinomia entre la literatura del «arte autónomo o hacia la del testimonio y el reflejo de la realidad», como señala Darío Villanueva[9].
Cuando se refiere la función poética del discurso literario, lógicamente se expone que es la virtud dominante de su factor comunicativo, es decir de su mensaje, y también se refiere a su intencionalidad y literariedad. Contaminado por la subjetividad, tanto del autor (emisor) como del destinatario (receptor), comunicación intersubjetiva. Equivale a manifestar otras cualidades que se concadenan: discurso simbólico, figurativo, valorativo, etc.
La polivalencia significativa del discurso literario hace que, a efectos informacionales, provoque una pluralidad de posibles lecturas (polisemia del texto artístico)[10] y connote ambigüedad. La gran apertura lingüística favorece su condición de «dialogar consigo mismo»: carácter dialógico.
A partir de estas consideraciones debe abordarse la escritura autobiográfica que se sitúa en un territorio fronterizo «en gran medida porque es un género que desde su aparición en las Confesiones de San Agustín hasta sus formulaciones más recientes, nunca ha dejado de jugar con su propio estatuto dual, en el límite entre la construcción de una identidad, que tiene mucho de invención, y la relación de unos hechos que se presentan y testimonian como reales.»[11]
Coimbra, 10 de diciembre de 1961. Yo siempre he
considerado que los géneros literarios son camisas de fuerza
complacientes que cada loco ensancha a su medida, y por
ello nunca me he sentido ceñido en ninguno. Este diario es
prueba de ello. Ha sido de todo, desde prado bucólico a
campo de tiro. Pero como sé que hasta cierto punto el
hábito hace al monje y que hay espíritus que pueden no
ser capaces de un gesto de extroversión por estar
encajados en una tradición de introversión, le dije:
—Huya del intimismo. Es posible que éste sea la forma
menos mentirosa de la expresión escrita (ya que el delito
se comete por una reacción momentánea, sin premeditación),
y el método más certero a que el tímido puede recurrir para
encontrarse a sí mismo en estos momentos de dispersión. Es
posible también que sea el único camino viable para acceder
individualmente a la libertad, pero no por todo esto deja de
acarrear peligros como el narcisismo, la evasión creadora, la
inactividad egoísta. El gran combate de la vida tiene lugar a
la luz del sol. Las circunnavegaciones interiores (aunque
digan mucho de los meandros de la naturaleza humana,
aunque recuperen un tiempo perdido, aunque articulen o
desarticulen sentimientos, aunque enriquezcan la sensibilidad
con alguna conciencia fecunda) nunca dejarán de ser aventuras
de topo en plena oscuridad…[12]
Tal como refleja la cita de los Diarios de Torga, los géneros literarios como la naturaleza humana es heterogénea, y pronostica que lo autobiográfico, sin renunciar a la autenticidad y al ejercicio de introversión, no puede quedarse en ser simplemente testimonial. Que en la «escritura del yo» se dan (con)fluencias de discursos. En fin, parafraseando a Noam Chomsky[13] y sin exagerar, el lenguaje sigue siendo, de momento, el producto de la inteligencia humana más susceptible de ser estudiado.
NOTAS:
[1]Pozuelo Yvancos, José María (1993) Poética de la ficción. Madrid: Síntesis. p. 12.
[2]Villanueva, Darío (1993) “Realidad y ficción: la paradoja de la autobiografía”. En: Romera, José; Yllera, Alicia, García-Page, Mario y Calvet, Rosa (eds.) Escritura autobiográfica. Actas del II Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria y Teatral. Madrid, UNED, 1-3 de julio, 1992. Madrid: Visor Libros. p.19. Citando «la autobiografía considerada como acto literario» tomado de: Bruss, Elisabeth W. (1974) “L’autobiographie considérée comme acte litteraire”. Poétique. Revue de théorie et d’analyse littéraires. 17, Paris: Senil.
[3]Barthes, Roland (1973) El grado cero de la escritura. Buenos Aires: Siglo XXI.
[4]Pozuelo Yvancos, José María (1998) Teoría del lenguaje literario. Madrid: Cátedra. p. 53.
[5]Romera Castillo, José (2006) De primera mano. Sobre escritura autobiográfica en España (siglo XX). Madrid: Visor libros. p. 25.
[6]Aguiar e Silva, Vítor Manuel de (1986) Teoría de la Literatura. Versión española de Valentín García Yebra. Madrid: Gredos. p. 16: «A mi entender, la función poética del lenguaje se caracteriza primaria y esencialmente por el hecho de que el mensaje crea imaginariamente su propia realidad, por el hecho de que la palabra literaria, a través de un proceso intencional, crea un universo de ficción que no se identifica con la realidad empírica, de suerte que la frase literaria significa de modo inmanente su propia situación comunicativa, sin estar determinada inmediatamente por referentes reales o por un contexto de situación externa.
En el lenguaje usual, un acto de habla depende siempre de un contexto extraverbal y una situación efectivamente existentes, que preceden y son exteriores a ese mismo acto de habla. En el lenguaje literario, en cambio, el contexto extraverbal y la situación dependen del lenguaje mismo, pues el lector no conoce nada acerca de ese contexto ni de esa situación antes de leer el texto literario. El lenguaje histórico, filosófico y científico es un lenguaje heterónomo desde el punto de vista semántico, ya que siempre presupone seres, cosas y hechos reales sobre los que transmite algún conocimiento. El lenguaje literario es semánticamente autónomo,»
[7]Pozuelo Yvancos, José María (1998) op. cit p. 91: «El ser ficcional constituye sin duda una de las propiedades más características del lenguaje literario. Y también ha sido una de las que mayor atención ha suscitado en la teoría. No en vano es cuestión central en la Poética, de Aristóteles, y lo ha sido de la teoría más reciente, que vuelve una y otra vez sobre el problema de la ficción. Es propiedad que no está exenta de problemas de ubicación teórica. En primer lugar, porque la ficcionalidad no es condición suficiente para una definición de lo literario (en tanto hay ficciones no literarias), pero al mismo tiempo es condición necesaria para su existencia. Sin ficción no hay literatura. En segundo lugar, porque esta afirmación se refiere a dos ámbitos diferentes: a) por un lado, a la comunicación misma y al carácter retórico que le es inherente. Como veremos, el «hablar literario» es un hablar ficticio y sus frases no pueden ser achacadas al autor. La ficción afecta, pues, al circuito mismo de la comunicación donde se ofrecen los desdoblamientos a que ya hicimos referencia y que serán desarrollados en el capítulo X cuando hablemos de los pactos narrativos; b) pero, por otro lado, y al mismo tiempo la ficcionalidad se está refiriendo al estatuto de relación de la obra literaria con la realidad externa, histórica o empírica, suspendiéndose la exigencia de adecuación a la oposición verdadero/falso. Los mensajes literarios y la referencia a la que en ellos se apela no son ni «verdaderos» ni «falsos» o, por decirlo mejor, son verdaderos con una noción de verdad poética, que es intrínseca a la propia constitución de lo literario y que no es sancionable desde su adecuación o no a la realidad exterior o empírica»
[8]Citado por Pozuelo Yvancos, José María (1993) op. cit. p. 14. De Lázaro Carreter, Fernando:
- (1976) Estudios de poética. Madrid: Taurus.
- (1990) De poética y poéticas. Madrid: Cátedra.En el Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez: «Poética. Término de origen griego (poietike techne: creación) con el que Aristóteles tituló una obra suya, que es el punto de partida de una disciplina cuyo objeto es la elaboración de un sistema de principios, conceptos generales, modelos y metalenguaje científico para describir, clasificar y analizar las obras de arte verbal o creaciones literarias. […] Poética sería la denominación con la que, desde Aristóteles, se habría designado la disciplina a la que incumbe la formulación del mencionado sistema de conceptos, principios, modelos y terminología científica para el estudio de los fenómenos literarios, disciplina a la que hoy se denomina: comúnmente Teoría de la Literatura.»
En: Aguiar e Silva, Vítor Manuel de (1986) op. cit p. 40-41: «Creemos, pues, que es posible fundamentar una teoría de la literatura, una poética o ciencia general de la literatura, que estudie las estructuras genéricas de la obra literaria, las categorías estético-literarias que condicionan la obra y permiten su comprensión, y que establezca un conjunto de métodos capaz de asegurar el análisis riguroso del fenómeno literario. Negar la posibilidad de instaurar este saber en el mundo profuso y desbordante de la literatura equivale a transformar los estudios literarios en esfuerzos inconexos que jamás podrían adquirir el carácter de conocimiento sistematizado.»
[9]Villanueva, Darío (1992) Teorías del realismo literario. Madrid: Instituto de España-Espasa Calpe. p. 29: «Ambas posiciones dieron de sí, como era de esperar, sendas falacias, que bien podríamos denominar, respectivamente, estética (o formal) y mimética (o genética), nacidas de la pretensión utópica de explicar un fenómeno tan complejo como el de la literatura desde una sola perspectiva excluyente». En la conclusión de este estudio el profesor Villanueva cita a Lázaro Carreter y su artículo “El realismo como concepto crítico literario” Cuadernos Hispanoamericanos, nº 238-240; para advertir con él que no existe «un lenguaje realista, como tampoco hay una “realidad realista”. Pero lo que sí existe, a lo que creo, es un lector o una lectura intencionalmente realista» (p. 191).«Literariedad. Término con el que se ha vertido en español un vocablo empleado por los formalistas rusos (literaturnost) con el cual se alude a aquella o aquellas características que convierten un texto, por su estructura y funcionamiento, en obra literaria. Tinianov considera
la obra literaria como un «sistema de factores en correlación» y de procedimientos jerarquizados en dependencia de un elemento «dominante». Este elemento configura, de manera primordial, un determinado escrito como obra literaria. Para J. Mukarovski, este factor dominante es la «función estética», que hace que su componente básico, que es la lengua, deseche su carácter utilitario para convertirse en signo autónomo volcado sobre su propio mensaje artístico. Para Jakobson esta función dominante es la función poética.» Estébanez Calderón, Demetrio (1996) Diccionario de términos literarios. Madrid: Alianza.
[10]Pozuelo Yvancos, José María (1998) op. cit p. 71.
[11]Pozuelo Yvancos, José María (2006). De la autobiografía. Teoría y estilos. Barcelona: Crítica. p. 17.
[12]Torga, Miguel (1988) Diario (1932-1987). Selección, traducción, índices y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Alianza. pp. 265-266.
[13]Creo que Noam Chomsky hizo una manifestación en estos términos sobre el lenguaje en una de las conferencias que pronunció en el Coloquio Universitario Libertad y Ciencias Humanas de la Universidad Loyola de Chicago durante los días 8 y 9 de enero de 1970. Dichas conferencias se publicaron bastante más tarde, en el 2003, recogidas en la obra: For Reasons of State. Nueva York: The New Press.
Comentarios Recientes