Así que, el soporte textual auto-reflexivo y auto-referencial en el diario/s sería estimable como metanarrativo, aunque ésta nos parece una consideración poco afortunada porque equivaldría a identificarlo con el carácter metaficcional de la novela actual que aprecia el profesor Gil González[1]. Y como bien destaca Pozuelo Yvancos no debemos predicar la ficcionalidad de la autobiografía sobre la base de la textualidad: «Habría que considerar su lugar como acto comunicativo, mejor, como género, y en ese lugar, la autobiografía se sitúa en un horizonte no ficcional»[2]. Los diaristas comunican actos, e indiscutiblemente el diario/s nos muestra el taller del narrador, de aquí se deriva nuestro interés de apreciar con Pozuelo en que existe en esta escritura una metadiscursivad implícita y explícita[3].

Coimbra, 23 de abril de 1975. A veces me apetece desahogarme,
pero no a la reja de un diario, sino públicamente, en voz bien
alta. Gritar a los cuatro vientos unas cuantas verdades que nadie
espera y que son cilicios que llevo clavados en el corazón. Pero el
pudor, en estos casos, es más fuerte que la desesperación, y me
callo. Además, nada me garantiza que el hechizo no se vuelva
contra el hechicero. No hay que fiarse de ese pacto formal de
complicidades que responde al nombre de sentido común. El poeta,
por el simple hecho de serlo, es un escándalo universal. Todo lo
que él parece es lo que no es. Sencilla y coherentemente, los
juicios que lo condenan se basan en una apariencia. Y no le demos
más vueltas. En cualquier circunstancia toda la culpa es suya. La
culpa, precisamente, de ser poeta.

Coimbra, 11 de noviembre de 1984. Sí, soy un avaro de palabras.
Siempre lo he sido. Pero a medida que va pasando el tiempo por mí,
menos ganas me dan de despilfarrarlas. Digo en mi vida diaria lo
mínimo imprescindible y únicamente pongo en el papel lo que no puedo
callarme de ninguna manera. Es como si, aún en vida, la muerte me
fuese exigiendo progresivamente más respeto por su vano silencio.

Coimbra, 3 de marzo de 1989. Hemos hablado de poesía. Pero no
hemos dicho nada que valiera la pena. Conocimiento más allá del
conocimiento, ciencia de lo inefable, es únicamente el propio poema
el que da expresión a su misterio. La historia de la humanidad está
llena de versos vivos y de exégesis muertas que de ellos han hecho
generaciones sucesivas. Cada nueva lectura inaugura la Ilíada. [4]

El diario/s es un discurso narrativo que se mantiene, desde el principio y hasta el final, en un espacio esencialmente dialógico, desde la perspectiva de Todorov[5], que conlleva a la participación consciente y activa de sus lectores, pero que se distancia de lo puro ficcional dado que no se limita a “informar” de lo real, procura representarlo. En este sentido, queda claro que se acerca a la historia pues «pretende dar una representación adecuada de la realidad que fue y ya no es. […] lo real es a la vez el objeto y el garante del discurso de la historia»[6].

Se debe subrayar que se trata de una aproximación, porque el diario/s no es historia. Dice de la poesía histórica el profesor Rafael Nuñez: «aunque la poesía no es historia, la poesía es histórica. Se asienta en la historia para significar y comunicar. […] la poesía histórica realiza una imbricación del pasado y el presente y se proyecta hacia el futuro»[7]. Pues, traduciendo poesía por diario/s, determinemos que ciertos diario/s[8] son registros testimoniales y documentales, que no se limitan a referenciar con fidelidad el pasado. Se observa en ellos la intencionalidad significativa del diarista – no necesariamente narcisista e individualista -, de que a éste lo ha motivado no sólo un deseo de comunicación, igualmente de explicación, dirigido por una continuidad histórico-vital.

Coimbra, 8 de febrero de 1988. Sí, he sido sincero, como poeta. Pero
¿y como hombre? ¿En qué medida he conseguido serlo, al pautar siempre
mi comportamiento, incluso cuando me excedía? Por fidelidad a una
imagen que de mí tenazmente he construido, ¿no habré traicionado mi
verdad profunda? Querer modelar un rostro ¿no es ya desfigurarlo? Y yo
sólo me reconozco enteramente en los versos que escribo. Porque
irrumpen de las capas ígneas de mi ser, es en ellos donde, en conciencia,
me siento fielmente retratado. Soy siempre el mismo en todos. [9]

Hasta finales del s. XVIII las esferas privadas y públicas se encontraban muy ligadas, de esta manera eran prácticamente inapreciables diferencias entre los diario/s y las memoria/s. Es notorio comprobar que cualquier relato de recuerdos de una vida recibía el nombre de Memorias. ‘Mémories’ y ‘Journal’ fueron denominaciones usadas como sinónimas durante tiempo. Entre las primeras que comenzaron a diferenciarse merecen destacarse las de: Jean-François Paul de Gondi (conocido por el Cardenal de Retz); Claude Henri de Rouvroy, comte de Saint-Simon; Louis Petit de Bachaumont (conocido por sus Mémoires secrets pour servir à l’histoire de la République des Lettres en France depuis 1762 jusqu’à nos tours); René-Louis de Voyer de Paulmy, marquis d’Argenson, que fue primer ministro de Luis XV de Francia, el primero en usar y distinguir ambos términos, incluso en la intitulación de su libro Journal et Mémories que no fueron publicadas hasta 1859 – casi un siglo después de su muerte -. Los diarios apegados a lo íntimo y las memorias con vocación de lo público. En ellas ya se constata el valor documental, el entretenimiento y el aspecto revelador que han atraído hasta hoy a muchos de sus lectores[10].

Las memorias se encuentran entre las autobiografías y las crónicas, pero se aproximan más al biografismo, reivindicando más que ningún otra modalidad de escritura del yo la función auto-referencial con lo cual ya de por sí destacan su dimensión histórica. El peso relativo que el yo puede alcanzar, en el conjunto de lo narrado, estará en relación al peso de la memoria colectiva[11] de la época vivida por el memoriógrafo[12] (= autor = narrador = personaje), pues trata de hacernos participe de su tiempo y de su medio. Y del nexo entre el individuo y su mundo circundante se trata, ya que en todos los tiempos han existido y existen hombres con colmada representatividad que se decidían y deciden «a escribir su vida lo hacían [hacen] porque tenían [tienen] la convicción de que habían [han] sido actores en ocasiones de interés»[13].

«La narrativa memorialística tiene un fondo histórico-cultural, sujeto al filtrado subjetivo de quien la produce. En ella se acumulan nombres de personajes ilustres (una “onomástica referencial”) que fueran actores de la Historia, al mismo tiempo que el memorialista es actor de su historia»[14]. También, no debemos obviar un detalle importante, la necesidad de socorrerse para no olvidar - del olvido ya hablaremos -. Me refiero a que deben acudir con demasiada frecuencia a la correspondencia, a la prensa, a documentación diversa; incluso a mantener un diario paralelamente. Por ello, al mismo tiempo que concitan la admiración del lector, prestan un servicio a las generaciones futuras, muchas veces inestimable, por el valor del testimonio documental de primera mano. Además, como dijo Manuel Alvar: «las fuentes literarias son la documentación de lo que de otro modo ignoraríamos […] la literatura puede ser vida, más aún la vida recóndita que otros documentos no dicen»[15].

Otro merito a destacar de las memorias es su contribución a dignificar el género novelístico. Desde el siglo XVIII, muchos autores lograron enaltecer sus obras usando la fórmula de memorias ficticias o primeras novelas históricas, recuérdese el caso de Mme. de La Fayette y su La princesse de Clèves. Y numerosas obras clásicas de la literatura universal son memorias o presentan forma de “memorias”: Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, Memorias de un hombre de acción de Pío Baroja, Memorias de Carlos Barral, Recuerdos y olvidos de Francisco Ayala, etc.


NOTAS:

[1] Gil González, Antonio Jesús (2001) Teoría y crítica de la metaficción en la novela española contemporánea. “A propósito de Álvaro Cunqueiro y Gonzalo Torrente Ballester”. [tesis doctoral dirigida por José Antonio Pérez Bowie]. Salamanca: Universidad de Salamanca, [Archivo de ordenador]. p. 58:
“A veces la acción enfocada no es siquiera la de escribir, sino la de inventar, imaginar o incluso la de soñar, del mismo modo que las voces narrativas con frecuencia piensan, sienten, imaginan enunciados lingüísticos que no se presentan a través de verba dicendi, y sin embargo, la convención narrativa es que percibimos su discurso. Se trata, pues, de novelas que dedican amplios espacios de su textualidad a la reflexión sobre la ficción, el acto de narrar o de escribir, sobre la creación literaria en suma. En este paralelismo crítico, es el monólogo interior del autor, frente al explícito decir de la escritura en la metanarración.
Es metanarrativa, por otra parte, la novela que, obviando el imposible lógico, representa, ficcionalizado, el proceso de su propia escritura. […] el metadiscurso utiliza la convención realista, de estar mostrando la reflexión autorial de un modo mimético, verosímil. La metanarración, al contrario, acude a la ilocución contraria: la de sorprender al lector, extrañarle ante la paradoja (semánticamente tan bien reflejada, por otra parte, en la expresión mise en abyme) desde convenciones contrarias, antirrealistas, próximas a las que instituye el relato fantástico o maravilloso: que bien contraviene o bien exige la suspensión de las condiciones de verdad, y de las convenciones narrativas en las que éste está básicamente instalado”.

[2] Pozuelo Yvancos, José María (2006). De la autobiografía. Teoría y estilos. Barcelona: Crítica. p. 69:
“La autenticidad o no del pacto autobiográfico sólo puede resolverse en el espacio de su lectura, y éste no es un espacio de definición individual por un autor o un lector, sino un horizonte de reglas intersubjetivas, supraindividuales, institucionales, genéricas.
A este propósito Bruss no ha alcanzado sin embargo a distinguir género y acto, pues de su estudio parece deducirse que hay equiparación; incluso más, que la «categoría literaria» es preexistente y el texto una consecuencia. No. La pertinencia de la asimilación entre género e institución la entiendo mejor argumentada por F. Cabo [1992: El concepto de género y la literatura picaresca, p. 228-236], quien entiende el género como una categoría superior al macro-acto de habla, como el lugar donde puede resolverse el objeto común a escritores y lectores, el lugar donde es posible la comunicación entre ellos. Los autores no realizan actos dirigidos a los lectores. Los autores comunican actos. Por ello es tan importante el género, porque la textualidad no es allí una consecuencia automática de un esquema cognitivo. La institución genérica no es solamente un a priori. Su valor como horizonte social, histórico, de intercambio es la realización de esquemas simbólicos de comunicación que dialécticamente son a la vez el contexto donde entender los textos y los textos mismos como referente de ese contexto”.

[3] Pozuelo Yvancos, José María (1993) Poética de la ficción. Madrid: Síntesis. p. 31.
> Pozuelo Yvancos, José María (1983) La lengua literaria. Málaga: Ágora. (61-83) p. 16:
“el discurso entendido como un acto global de la comunicación”.

[4] Son numerosos los binomios que matizan la metapoesía torguiana: alegría y tristeza, instinto y razón, trabajo e inspiración, sufrimiento y complacencia, aislamiento e integración, individualismo y solidaridad, introversión y extroversión, etc. Una visión dinámica y totalizadora del yo y el mundo. Una reflexión y comunicación, síntesis de lo racional y de lo emocional, de lo íntimo y lo público.
Torga, Miguel
- (1988) Diario (1932-1987). Selección, traducción, índices y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Alianza. pp. 371 y 441.
- (1997) Diario II (Últimas páginas. 1987-1993). Traducción, índices y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Alfaguara-Santillana. p. 116.

[5] Todorov, Tzvetan (1990) “Las categorías del relato” En: Barthes, Roland [et al.] Análisis estructural del relato. México: Premiá. pp. 155-192.

[6] Chartier, Roger (2007) La historia o la lectura del tiempo. Barcelona: Gedisa. p. 39:
“Entre historia y ficción, la distinción parece clara y zanjada si se acepta que, en todas sus formas (míticas, literarias, metafóricas), la ficción es «un discurso que “informa” de lo real, pero no pretende representarlo ni acreditarse en él», mientras que la historia pretende dar una representación adecuada de la realidad que fue y ya no es. En ese sentido, lo real es a la vez el objeto y el garante del discurso de la historia.”

[7] Núñez Ramos, Rafael (2000) “La poesía histórica y la poesía como historia”. En: Romera Castillo, José y Gutiérrez Carbajo, Francisco (eds.) Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED. Madrid: Visor. p. 17 y 25.

[8] Cita repetitiva de Instancias del yo autobiográfico: Mourao-Ferreira, David (1978) “Poética e poesía no Diário de Miguel Torga”. Coloquio|Letras, nº 43, maio de 1978, pp.7-19:
«De edifício se trata, com efeito. De monumento, em suma. E de substantivo monumento que adjectivamente apresenta, como todos os monumentos dignos deste asome, um interesse documental de variada ordem e do mais alto significado. Monumento que é documento, antes de mais, do pessoalíssimo itinerário humano de quem o escreve, o Diario de impõe-se também como privilegiado documento — e nem há outro que entre nós se lhe compare — do tempo e do espaço em que tem sido escrito. As vicissitudes históricas que lhe servem não só de background, mas ainda de continuado referente, espacializam-se, a cada instante, na realidade portuguesa — tanto geográfica e social como espiritual e étnica — que Miguel Torga conhece como ninguém; e incessantemente se confrontam, por outro lado, com os estalões culturais de além-fronteiras a que atento se mantém, ou in locis ou através da leitura e da reflexão». p. 8

[9] Torga, Miguel (1997) op. cit p. 68.

[10] Romera Castillo, José (2006) De primera mano. Sobre escritura autobiográfica en España (siglo XX). Madrid: Visor Libros. p. 149:
“En España, las editoriales se han volcado, como ha sucedido con la novela histórica, y los lectores las han seguido de una manera muy fiel. Por ejemplo, la editorial Planeta tienen una colección, Memoria de la historia, en la que «se recrean las vidas de algunos personajes, con el fin de ofrecer a los lectores la Historia contada por quienes la hicieron, por los mismos personajes que en vez de figurar en las páginas de los libros como objeto pasivo, adquieren voz y nos cuentan su vida y sus peripecias. La Historia como una novela personal, autobiográfica, en la que todo lo que aparece en estas páginas es verdad, con hechos ciertos y comprobados, pero que se presentan con la inmediatez y el dramatismo que da al relato la voz del protagonista, supuesto historiador de sí mismo gracias a la pluma de unos escritores que consiguen el difícil y apasionante equilibrio entre los materiales de la crónica, tratados con el máximo respeto, y el enfoque que corresponde a la más amena de las narraciones novelescas. Otra vertiente de estas semblanzas es la evocación de episodios del pasado en tercera persona con todo el rigor que exige el trabajo del historiador y la amenidad de la novela».”

[11] Ricoeur, Paul (2003) La memoria, la historia, el olvido. Madrid: Trotta. p. 157:
“se considera a la memoria colectiva como una selección de huellas dejadas por los acontecimientos que afectaron al curso de la historia de los grupos concernidos, y se le reconoce el poder de escenificar estos recuerdos comunes con ocasión de fiestas, de ritos, de celebraciones públicas.”

También, habla de las cicatrices de la memoria Rafael Núñez en un artículo oportuno, por la reflexión actual, sobre todos de nuestros políticos, en el que comienza señalando como en:
“En el debate político e intelectual de nuestros días el concepto de ‘memoria’ ha desplazado al de ‘historia’ o lo ha sometido a su dictado: memoria histórica, memoria colectiva, recuperación de la memoria, reconstrucción de la memoria democrática y diversas variantes -aunque siempre con el mismo sentido reivindicativo- que se aplican habitualmente a nuestra guerra civil y la represión franquista o, en su vertiente complementaria (como pacto de olvido, desmemoria censurable, silencio impuesto, etc.) a los acuerdos que hicieron posible la Transición. En todos esos casos, como cualquier observador mínimamente imparcial tiene que reconocer, se instrumentaliza la memoria, el pasado se pone a disposición servil del presente y la historia, en fin, se convierte en arma arrojadiza en la controversia política, cuando no directamente deviene en tosco recurso de las necesidades partidistas.” De:
> Núñez, Rafael (2008) “Las cicatrices de la memoria” El Noticiero de las ideas, nº 35, julio-septiembre de 2008. Madrid: Fundación Vocento / Comeresa Prensa. pp.15-17.

[12] «memoriógrafo: Autor de libros de memorias». Según el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española.

[13] Caro Baroja, Julio (1986) Género biográfico y conocimiento antropológico. Discurso leído el día 15 de junio de 1986, en su recepción pública y contestación del Excmo. Sr. Don Manuel Alvar López. Madrid: Caro Raggio. p. 32.
El texto íntegro, que pueden leer, finaliza con la siguiente aseveración:
“Llego al final de mi tarea. No sé si habré expuesto de modo claro la idea que tengo acerca de lo que es el género biográfico en sus variedades, como instrumento de investigación antropológica arrancando de una tesis de Kant. En todo caso, creo que nos da un punto de referencia esencial en la medida del hombre, bien considerado individualmente, bien como ser social e histórico, por lo tanto. La biografía puede proporcionar imágenes coherentes o imágenes contradictorias: porque el hombre como «medida» de sí mismo es coherente por un lado, incoherente y contradictorio por otro. El hombre está en una encrucijada que es su propia vida. Toda Antropología que se desentienda del hombre en sí, será lo que sea: Sociología, Teoría de la Cultura, una Metodología particular, algo muy respetable dentro de su limitación: pero no Antropología en el sentido más profundo de la palabra.”

[14] Rocha, Clara (1992) Máscaras de Narciso. Estudos sobre a literatura autobiográfica em Portugal. Coimbra: Livraria Almedina. p. 28-39.

[15] Alvar López, Manuel (1986) “Discurso de recepción de Julio Caro Baroja como académico de la R.A.E.” En: Caro Baroja, Julio op. cit. 49.

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