Desde la antigüedad clásica hasta hoy, en plena crisis postmoderna, la historia humana y de las ideas, se ha debatido entre el sometimiento o la insumisión. Entre el miedo o el valor y la libertad. No entendiéndose la libertad como tópico de la investigación filosófica, ni como razón justificativa de la política, sencillamente como principio inspirador de la acción. Como sostuvo Hannah Arendt: «los hombres son libres –es decir, algo más que meros poseedores del don de la libertad– mientras actúan, ni antes ni después, porque ser libre y actuar es la misma cosa».[1]

Harto difícil resulta deslindar y contextualizar nítidamente sus líneas divisorias –entre dominación o insurgencia– desde el campo de la historiografía humana. Hay que adentrarse en todos los recónditos del pensamiento y de la obra humana, con absoluta voluntad de ser rigurosos intelectualmente, persiguiendo la objetividad, para observar y enjuiciar con imparcialidad. Por ello se suele pagar con recelos, el ridículo o el desprecio, el ejercicio de mantener la libertad e independencia de pensamiento, de investigación, de creación y de expresión.

Desde los albores de la civilización, el poder ha tratado de legitimarse manipulando los hechos históricos. Hoy en día, cuando la información se invoca para todo y por doquier rebosa, el engaño o autoengaño, parece más asequible y sutil que nunca. Los “medios de comunicación”, no se conforman con mostrar y documentar la realidad, la interpretan y según les interesa también la manipulan. Julio Caro Baroja dedicó uno de sus libros al estudio de Las falsificaciones de la historia: «los grandes intereses son siempre causa de grandes falsificaciones».[2]

Viene de antaño el desencuentro entre la verdad y la política. Conflicto que ha justificado esa cuasipremisa de que “en política todo vale”. Uno de los más enjundiosos ensayos de Hannah Arendt versa y se titula Verdad y política: «Vista con la perspectiva de la política, la verdad tiene un carácter despótico. Por consiguiente, los tiranos la odian, porque con razón temen la competencia de una fuerza coactiva que no pueden monopolizar, y no le otorgan demasiada estima los gobiernos que se basan en el consenso y rechazan la coacción».[3]

De siempre, los nacionalismos se han sustentado en leyendas, mitos, manipulaciones de la historia. Han proclamado sus verdades como dogmas de fe, tratando de hacerlas inmunes a toda crítica. Así los desentrañó Julio Caro Baroja, haciéndonos asimilar que la mayoría de sus “derechos históricos” son puro invento. Nos quiso poner sobre aviso cuando afirmaba que: «Convertir el patriotismo en monopolio y granjería tiene sus ventajas a la corta: produce a la larga grandes catástrofe. […] En suma, el del carácter nacional es un mito amenazador y peligroso».[4]

Ibn Jaldún comprendió, ya en el siglo XIV, la Historia como “ciencia de los hechos humanos en continua transición” y a los hombres “como actores de los hechos históricos”, denunció “las falsedades de la historia” y advirtió de “los males del estado de sumisión” que implantan coercitivamente la autoridad quebrantando la integridad moral de los ciudadanos[5]. Y comprender –el término más repetido en sus artículos[6]– es la tarea que Arendt pretende con sus pensamientos:


«la mirada del historiador no es más que la mirada científicamente entrenada de la comprensión humana; sólo podemos comprender un acontecimiento como el fin y la culminación de todo aquello que lo ha precedido, […] Quienquiera que, en las ciencias históricas, crea honestamente en la causalidad, niega de hecho el propio objeto de su ciencia. […] Es tarea del historiador descubrir, en cada período dado, lo nuevo imprevisto con todas sus implicaciones y sacar a relucir toda la fuerza de su significado. Debe saber que, a pesar de que su narración [story] tiene un comienzo y un fin, ésta se realiza en un marco más amplio, la historia [history] misma. Y la Historia es una narración [story] que tiene muchos comienzos pero ningún fin».
[7]

Esta es una de las enseñanzas de la Historia: no es posible cometer los mismos errores dado que el paso del tiempo condiciona la realidad. Pero siempre hay gente que por no pensar y querer someter a los demás es capaz de cualquier cosa.


«Que los hechos no están seguros en manos del poder es algo evidente, pero la cuestión está en que el poder, por su naturaleza misma, jamás puede producir un sustituto de la estabilidad firme de la realidad objetiva que, por ser pasado, ha crecido hasta una dimensión que está más allá de nuestro alcance. Los hechos se afirman a sí mismos por su terquedad, y su índole frágil se suma, extrañamente, a su gran resistencia, la misma irreversibilidad que es el sello de toda acción humana. En su obstinación, los hechos son superiores al poder; […] La verdad, aunque impotente y siempre derrotada en un choque frontal con los poderes establecidos, tiene una fuerza propia: hagan lo que hagan, los que ejercen el poder son incapaces de descubrir o inventar un sustituto adecuado para ella. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla».
[8]

Los insumisos son revolucionarios singulares, pues no están dispuestos a aceptar cualquier medio para conseguir su fin, por ello están cercanos a los no-violentos, a los desobedientes civiles. Los insumisos se encuentran bien lejos de los contemplativos, porque creen y ejercen la fuerza de la acción. «No son las ideas, sino los hechos los que cambian el mundo».[9]

Bienaventurados los anti-conformistas, los radicales, los rebeldes, los que dicen “no”.[10]


BIENAVENTURADOS LOS INSUMISOS

Ni la justicia con sus manos ciegas,
ni la bondad de ojos efímeros,
ni la obediencia entre algodones sucios,
ni el rencor que atenúa
la desesperación de los cautivos,
ni las armas que arrecian por doquier,
podrán ya mitigar esas lerdas proclamas
con que pretenden seducirnos aquellos
que blasonan de honorables.

Quienquiera que merezca el rango de insumiso
descree de esa historia y esas leyes.
El poder de los otros
nada sino desdén suscita en él.
Ha aprendido a vivir al borde de la vida. (J.M. Caballero Bonald
[11])

 

 


 NOTAS:


[1] Arendt, Hannah (2003). Entre el pasado y el futuro. Barcelona: Península. p. 241

[2] Caro Baroja, Julio (1992). Las falsificaciones de la historia. Barcelona: Seix Barral.


[3] Arendt, Hannah (2003). “Verdad y política”. [Capítulo VII] En: Entre el pasado y el futuro. Barcelona: Península. p. 368


[4] Caro Baroja, Julio (2004). El mito del carácter nacional. Madrid: Caro Raggio. p. 82


[5] Véase en este mismo weblog “Autobiografía de un radical I, II, III y IV”

[6] Tal como sostiene Manuel Cruz en su “Introducción”. En: Arendt, Hannah (1995). De la historia a la acción. Barcelona: Paidós. p. 10

[7] Arendt, Hannah (1995). De la historia a la acción. Barcelona: Paidós. p. 41-42

[8] Arendt, Hannah (2003). Entre el pasado y el futuro. Barcelona: Península. p. 395-396

[9] Arendt, Hannah (1995). La condición humana. Barcelona: Paidós. p. 300

[10] De Hannah Arendt se ha dicho que en sus trabajos sostuvo interpretaciones conservadoras, un discurso individualista de tinte liberal-conservador. Así lo indica Manuel Cruz en su “Introducción”. En: Arendt, Hannah (1995) La condición humana. Barcelona: Paidós. p. VII. Pero en contra de ese criterio, también cita Cruz, a Habermas que la definió como una convencida demócrata radical.
Para Albert Camus un rebelde es el hombre que dice no.

[11] Caballero Bonald, J.M. (2005). Manual de infractores. Barcelona: Seix Barral. p. 82

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