Identidad no es sinónimo de semejanza. Tal como señala Lejeune, “la identidad” es un hecho aprehensible en la enunciación, “la semejanza” es una relación establecida a partir del enunciado. La identidad implica solo tres términos: autor, narrador y el personaje. Para que exista semejanza, por el contrario, debe entrar en juego un cuarto término, de naturaleza extratextual, el modelo. Por “modelo” entiende Lejeune el prototipo “lo real al que el enunciado quiere asemejarse”.

Con respecto a todo el resto de formas de ficción, la biografía y la autobiografía tienen en común la característica de que son textos referenciales. Esto quiere decir que, tal como los textos científicos o históricos, pretenden producir una imagen de la realidad, y no sólo el “efecto de lo real” –mera verosimilitud-. El objetivo es retratar una realidad exterior y someterse a una prueba de verificación.

Coimbra, 2 de noviembre de 1988. Decididamente, muero
incomprendido. ¿Quién va a entender ciertas reacciones,
ciertas actitudes, ciertas palabras a que me obligan cuando
menos lo espero? No sé qué daría por no haber tenido que
decir lo que le he dicho hoy a un bienaventurado pobre de
espíritu que se toma en serio. Pero callarme sería pactar.
Y yo no puedo pactar ni conmigo mismo. Mi autenticidad
exige mi sinceridad. Y tengo que pagar el precio de esta
autoconciencia y de esta franqueza sin contemplaciones:
ser en el mundo un eremita que convive.[1]

Lejeune apela al pacto referencial[2]. En la biografía el pacto referencial debe ser concluido y mantenido, de modo que el resultado conlleva un orden de estricta semejanza, en la autobiografía la semejanza puede evaporarse, sin que ello suponga la anulación del valor referencial del texto. La autobiografía implica la identidad del autor y del narrador; es esa identidad la que conlleva una cierta forma de semejanza entre el personaje y el modelo. Por el contrario, la relación que une el personaje biográfico al modelo (prototipo extratextual: la vida del personaje “tal como ha sido”) es, en primer lugar una relación de identidad, pero sobre todo de semejanza.

Así que, «lo que va oponer la biografía y la autobiografía es la jerarquización de las relaciones de semejanza y de identidad»; la semejanza desempeña en la autobiografía una función secundaria, es una consecuencia de la identidad –y esta es una de las razones por las que aceptamos buenamente constatar desemejanzas entre el personaje y el modelo en ciertos escritos autobiográficos-, y en la biografía una función primordial, ya que el personaje biográfico solo encuentra razón de ser en su semejanza con el modelo.

El modelo extratextual puede confundirse, en la autobiografía, con la persona del autor, situado igualmente en un espacio exterior al texto. Precisamente en la convergencia del modelo y el autor se asienta el carácter unilateral de la “referencia” autobiográfica. Mientras que, en la biografía la “referencia” extra-texto es bilateral (autor y modelo son elementos independientes y diferenciados)[3].

Podemos constatar, con Lejeune, que la fórmula biográfica se caracteriza por ser una relación lineal, la de la autobiografía al derivar de la articulación de identidad y semejanza es una relación de relaciones, imposible de ser representada linealmente. En estas raíces formales y estructurales ahonda la “escritura y la existencia”. De aquí la “búsqueda de identidad”, la “re-construcción de la vida”, la “legitimación y racionalización” del discurso, la “autenticidad”[4]:

Coimbra, 2 de octubre de 1990. He luchado toda mi vida
para ser libre. Pero no he conseguido más que preservar
mi identidad.

Coimbra, 17 de agosto de 1993. Espero, espero. Y ya lo
hago sólo por dos fortunas: el último verso y el postrer
latido de mi corazón. Los versos que van surgiendo son
lo que pueden ser, pero ninguno es ese definitivo,
totalmente revelador. Y mis pulsaciones cardiacas,
estimuladas por nitratos, digitalina e impulsos electrónicos,
lo que hacen es simplemente dificultarle el camino a la
natural que ha de desmentirlas a todas. De todos modos,
pacientemente, espero. Quiero ser auténtico hasta el final,
y llevarme las pruebas de que lo he sido verdaderamente,
para identificarme y avalarme, si fuera necesario, en el
cielo o en el infierno.[5]



NOTAS:

[1] Torga, Miguel (1997) Diario II (Últimas páginas. 1987-1993). Traducción, índices y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Alfaguara-Santillana. p. 105.

[2] Según Lejeune, Philippe (1994) El pacto autobiográfico y otros escritos. Madrid: Megazul-Endymion.p. 64: «Todos los textos referenciales conllevan, por lo tanto, lo que yo denominaría “pacto referencial”, implícito o explícito, en el que se incluyen una definición del campo de lo real al que se apunta y un enunciado de las modalidades y del grado de parecido a los que el texto aspira»

[3] La pura referencia textual relaciona los distintos términos del texto con la realidad. La biografía y la autobiografía son textos referenciales, esto es, reenvían a una realidad extratextual.

[4] «Vemos entonces que la relación designada por “=” no es en absoluto una relación simple, sino sobre todo una relación de relaciones; significa que el narrador es al personaje (pasado o actual) lo que el autor es al modelo; vemos que esto implica que el término último de verdad (si razonamos en términos de semejanza) no puede ser el ser-en-sí del pasado (si tal cosa existe), sino el ser-para-sí, manifestado en el presente de la enunciación. Si el narrador se equivoca, miente, olvida o deforma en relación a la historia (lejana o casi contemporánea) del personaje, ese error, mentira, olvido o deformación tienen simplemente, si los percibimos, valor de aspectos, entre otros, de una enunciación que permanece auténtica. Llamamos autenticidad a esa relación interior propia del empleo de la primera persona en la narración personal; no se la confundirá ni con la identidad, que remite al nombre propio, ni con la semejanza, el cual supone un juicio de similitud entre dos imágenes diferentes, emitido por una tercera persona». De:
> Lejeune, Philippe (1994) ibid. pp. 81-82.
El subrayado es mío, para destacar esta cualidad fundamental en la «escritura del yo»: la autenticidad. Los gráficos están basados en los esquemas de Lejeune (pp. 78-79). Y he preferido el término “semejanza” al de parecido utilizado en la traducción española, que no ha sido una ocurrencia personal, se la debemos a la semelhança que usa la profesora Rocha.

[5] Torga, Miguel (1997) op. cit pp. 161 y 263.

Entradas Relacionadas