La biografía y la autobiografía pretenden describir la vida de una individualidad. Escribir de una vida y no estrictamente historiar. En el caso de la biografía, entiéndase por individualidad, al ámbito individual, dado que existe el biografismo colectivo[1]. El discurso biográfico procura ajustarse a los acontecimientos históricos, vividos, por el personaje o protagonista, huyendo el narrador de la introspección, o al menos sólo acude al mundo interior cuando es inferido por los propios hechos históricos.

El proyecto del biógrafo es (re)construir un pasado con toda la información a su alcance, pasada y presente, que debe verificar e interpretar. Que conviene diferenciarlo del historiador. Mientras que el biógrafo, aspira sólo a descubrir los aspectos concretos que le interesan para su proyecto; el historiador, se afana por indagar la verdad acerca del pasado en su completitud, reflexiona sobre él y toma conciencia histórica[2]. Y el autobiógrafo dirige su obra a re-construir un pasado - su pasado - y lo estructura como un proyecto que pertenece al presente - su presente -. Es su proyecto, consciente y consiguientemente subjetivo e introspectivo.

Ahora bien, conviene subrayar que ambos discursos son inevitablemente interpretantes.
En la biografía existe siempre, en mayor o menor grado, la marca de la emotividad del sujeto emisor, que suele traducirse, en juicios de valor, connotaciones y otras formas que denuncian la simpatía o antipatía del narrador por el héroe de la biografía. «La empatía es una actitud ejemplar que el acto biográfico requiere del narrador»[3], que proviene desde el hecho y momento de la elección del personaje.

Por otra parte, el responsable de la autobiografía se encuentra en «una actitud de simpatía, lo que no es de admirar si se tiene en cuenta que entre el narrador y el personaje existe una relación de identidad. El narrador “sufre con” el personaje. Aunque en ciertos escritos autobiográficos “el narrador actual (narrating self) es totalmente diverso del personaje narrado (experiencing self[4]. Simpatía y antipatía son dos actitudes posibles del narrador autobiográfico, que derivan de la estrecha relación entre éste y el personaje narrado. El autobiógrafo diverge pues del biógrafo, en la medida en que, por coherencia, nunca aspira a una actitud ejemplar de empatía.

Tradicionalmente la biografía requiere un personaje relevante, de manera que su vida sea capaz de representar a su época. La vida del personaje elegido configura un patrón con el cual, el biógrafo, suele re-crear la realidad social. Igual propósito asiste al autobiógrafo, con una diferencia que no es un detalle menor tal como se expondrá. Este método/fenómeno re-creador, desde el campo de la fotografía como arte ha sido estudiado por John Szarkowski, que fue el primero en contemplarlo como el argumento de mirrors/windows.

Las auto/biografías como la fotografías son ventanas o espejos que reflejan al personaje/modelo. En las ventanas prima la temática sociopolítica, tal y como el fotógrafo o narrador los interpreta. Y tal y como el personaje/modelo los refleja. Es decir, representan una visión del mundo. Hay muchos temas sociales que no pueden describirse bien con palabras o fotos. Los espejos representan la introspección en la vida personal del personaje y narrador. Son como una manera de auto-expresarse.

Coimbra, 15 de diciembre de 1942. Otra vez a propósito de Flaubert.
No hay duda de que su obra (la obra que él nos legó voluntariamente,
no las cartas, que son estupendas, pero al leerlas cometemos una
violación), es, desde el punto de vista formal, la mayor de las
perfecciones. Ante páginas como éstas uno no puede dejar de pensar
en un álgebra literaria, en que los valores, una vez admitidas ciertas
convenciones, encajan tan neutral y perfectamente como los factores
de una operación. Y en el momento actual, en que lo que se entiende
por «social» está llenando tantas páginas (y yo todavía no sé muy bien
a qué se refieren con eso de social), un ejemplo como éste no deja de
ser beneficioso. Contra una literatura sin arte, una literatura hecha
sólo de arte. Pero… Nada más triste que predicar, y hacerlo a medias
tintas. El artista, no lo olvidemos, en la medida en que pisa el suelo y
aspira a la eternidad, tiene que vérselas precisamente con hombres.
Y los hombres tiran siempre por el camino de en medio…
Ni un arte puro, pues, que termina por secarse como esas hermosas
mujeres con las que no se atreve ningún conquistador, ni un arte
puramente social, que acaba por ser repugnante como las más
humanas llagas de los leprosos.[5]

Aunque, el biografismo haya sido poco afín a las concepciones colectivistas y la escritura autobiográfica se haya siempre acomodado mejor al intimismo y la confidencialidad, está claro que los individuos nunca viven absolutamente aislados del mundo, menos aún los que son sujetos/objetos del discurso auto/biográfico[6]. «Toda auto/biografía es un relato grupal, [que] se le puede dar un significado colectivo». Las biografías tienden a ser más ventanas abiertas e integradas a/en la sociedad, presentándose como una «estructura de historias dentro de historias». Las autobiografías despliegan a mostrar más como espejos «realidades individuales que son sustitutivas de otras realidades. Cuentan más sentimientos que realidades. Se dedican más al autoanálisis»[7].

Como ya hemos visto, la biografía y la autobiografía –por oposición a todas las formas de ficción- son textos referenciales, esto es, reenvían a una realidad extratextual, sobre la cual pretenden informar, y se someten a una prueba de verificación. «Este rasgo característico presupone la conclusión de un pacto referencial, que define las modalidades y el grado de semejanza con lo real al cual dichos textos aspiran»[8].

Respecto al discurso biográfico –referencial-, cuyo objetivo primero es la semejanza con la realidad, le «son exigidas dos cualidades, que lo aproximan al discurso histórico: la exactitud y la fidelidad»[9]. Tal como el historiador, el biógrafo debe interpretar los documentos, las cartas, las declaraciones autobiográficas, las memorias, los testimonios, y pronunciarse sobre la confianza que tales fuentes le merecen. La credibilidad de la biografía está por tanto en íntima relación con «la objetividad» que debe presidir el cometido del biógrafo porque esta es uno de sus rasgos distintivos[10].

La autobiografía, que se singulariza por la identidad del narrador y del personaje principal, es un texto auto-referencial. Además de constatar este hecho, interesa destacar la dualidad de la auto-referencia en el discurso autobiográfico. Efectivamente, «el estilo está ligado al presente del acto de escribir, y su valor auto-referencial reenvía por tanto al momento de la escritura, al yo actual. De este modo, la auto-referencia implícita puede constituir un obstáculo a la reproducción exacta y fiel de los acontecimientos pasados. Así, toda la autobiografía es una auto-interpretación, en que el estilo, al mismo tiempo que denuncia la intención de reconstruir el pasado conforme a un proyecto presente, señala la relación del escritor con su propio pasado»[11]. Con todo, el autobiógrafo a pesar del subjetivismo, del nivel de ficcionalidad que tenga su relato, adquiere el compromiso de «la autenticidad» que es uno de los rasgos distintivos de la autobiografía.

La objetividad de la biografía entronca con la «autoridad». Ya en el siglo XV «comienza a cobrar cuerpo la voz individual y comienza a ser reconocido por los otros el autor, la auctoritas»[12]. El “principio de autoridad”, que José Antonio Cordón entiende tan importante como el argumento del «pacto» (el referencial, el autobiográfico, el narrativo o novelesco). Auctoritas avalada por el hecho de la publicación que otorga reconocimiento y soslaya las desconfianzas[13]. Hoy más ostensible, si cabe, por «la progresiva dimensión mercantil de la escritura y un triunfo decisivo del nombre de autor como valor de comercio y garantía para el consumo»[14].

La autenticidad de la autobiografía se encuentra estrechamente relacionada con la «coherencia», principio de racionalización que veremos más adelante, y lógicamente infiere con el «reconocimiento», a su vez muy relacionado con la autoridad, ya que el autor escribe amparado en aquélla [la autoridad], que le proporciona credibilidad, [..y..] persigue, en su inmensa mayoría, éste [el reconocimiento][15].

Se comparan así la autenticidad del personaje biográfico a la autenticidad del narrador autobiográfico: “biografía versus autobiografía”.


NOTAS:

[1] Tal como sugiere el profesor Ricardo Senabre en su ponencia “Sobre el estatuto genérico de la biografía” del VII Seminario Internacional del ISLTYNT-UNED: «Los diccionarios señalan, con pocas variaciones, que biografía es la historia de la vida de una persona. Se trataría, pues, de una variante de la historia, que es propiamente la narración de los sucesos acontecidos en una colectividad —un pueblo, una cultura, una familia—, mientras que la biografía reduciría el panorama amplio de la historia al ámbito estrictamente individual. Sin embargo, y sin retroceder más allá de medio siglo, podemos encontrar el término aplicado a una ciudad —Biografía de Buenos Aires (1944), de Pablo Rojas Paz—, a una zona geográfica —Biografía del Caribe (1945), de Germán Arciniegas—, a un periódico —Biografía de «La Época» (1946), de Luis Araujo Costa—, a un restaurante madrileño —Biografía de Lbardy (1947), de Julia Mélida—, a una actividad intelectual —Biografía de la filosofía (1986). de Julián Marías— y a otras que no lo son tanto, como la Biografía de las perversiones (1973), de Carlos de Arce. Sin duda esto es posible desde que Spengler, en La decadencia de Occidente, afirmó que «las culturas son organismos» y que, en consecuencia, «la historia del mundo es su biografía general». Por eso puede haber biografías «particulares» —de países, de lugares, de instituciones—». En:
> Romera Castillo, José y Gutiérrez Carbajo (Eds.) (1998) Biografías literarias (1975-1997). Actas del VII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED. Madrid: Visor Libros.)

En cuanto al biografismo: «necesidad, gusto por conocer acerca de las vidas humanas, de una vida singular», según Andrés Soria Ortega en su artículo:
> (1978) “El biografismo y las biografías: aspectos y perspectivas”. 1616. Anuario de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada, Vol. I, nº 1 de 1978. Madrid: Cátedra.
En este trabajo el profesor Soria reivindica para la biografía moderna, al igual que postula Ricardo Senabre (véase nota 3), un espacio propio fronterizo entre la historia y la literatura. «La biografía no es una forma historiográfica popular y subsidiaria» y debe disociarse de la obra literaria, pues, «La literatura, que como tal producto está bajo graves sospechas, no tiene que ver con el biografismo». Y propone que el espacio biográfico «se dirigiese hacia otra meta brillante y autónoma: el arte». Andrés Soria, concluye así, tras sus estudios sobre el que estima más «profundo análisis de la biografía y el moderno biografismo, obra del pensador argentino José Luis Romero. En un ensayo, publicado en 1945, en el capítulo intitulado «La biografía como tipo historiográfico», formula casi todas las cuestiones en torno al problema». Se refiere a:
> Romero, José Luis (1945) Sobre la biografía y la historia. Buenos Aires: Sudamericana.

De ella resalta los tres tipos historiográficos que distingue José Luis Romero: «La historia de los, que historian una comunidad cualquiera (Heródoto, G. Villani, J. Michelet), la de aquéllos que historian la totalidad (Polibio, Voltaire) y, por último, los que acotan históricamente al individuo (los biógrafos). Romero apunta, a continuación, a uno de los más importantes aspectos del problema: la biografía está más próxima al gran público, a los lectores no especializados».

Sobre el «hibridismo» del género biográfico, que la profesora Belén Hernández en su comunicación “Dos tendencias biográficas de la literatura italiana actual” para el VII Seminario Internacional del ISLTYNT, concluye «como parte esencial de esta forma narrativa desde el momento en que se sirve de elementos ficcionales y de medios científicos elevados tanto en el plano intelectual como estético». También, en la misma ponencia mantiene con el ilustre escritor y pensador mexicano Alfonso Reyes el carácter fronterizo de la biografía: «El ejercicio creador consiste en el delicado juego entre los datos que posee el biógrafo y las lagunas que va rellenando a medida que avanza la trama, con su imaginación y su análisis crítico. Nótese que se vale de dos instrumentos, la imaginación y el análisis, que delimitan la frontera en la que Alfonso Reyes sitúa a la biografía: “La comunidad de tema humano entre la literatura y la historia, cuya frontera es la biografía”». En: Romera Castillo, José y Gutiérrez Carbajo (Eds.) (1998) ibid. p. 460. La cita de Alfonso Reyes se corresponde con su obra:
> (1983) El deslinde. México: Fondo de Cultura Económica.

[2] Así podríamos describir la conciencia histórica, siguiendo a:
Romero, José Luis (1945) op. cit. Del cual les sugiero leer “El despertar de la conciencia histórica” pp. 173-187.

[3] Rocha, Clara (1977) O espaço autobiográfico em Miguel Torga. Coimbra: Livraria Almedina. p. 53.

[4] Rocha, Clara (1977) ibid. p. 53: «Así acontece, por ejemplo, en las Confesiones de san Agustín, en cuanto el narrador retrata un “yo” juvenil y aún no regenerado. En este caso, es una actitud de antipatía, resultante de la distancia temporal que separa el sujeto del objeto de la narración, que guía al escritor»

[5] Torga, Miguel (1988) Diario (1932-1987). Selección, traducción, índices y notas de Eloísa Álvarez. Madrid: Alianza. p. 75-76.

[6] Para la biografía basta cotejar de nuevo la ponencia de Ricardo Senabre (1998) op. cit, p. 35: «Su dependencia de la historia es de tal naturaleza que brota precisamente de una determinada concepción del hombre y de la historia: aquélla que considera que la marcha de los pueblos se debe al impulso de individualidades egregias».

Para la autobiografía véase “A explosão intimista na época contemporânea” Capitulo 1 de: Rocha, Clara (1970) Máscaras de Narciso. Estudos sobre a literatura autobiográfica em Portugal. Coimbra: Livraria Almedina.

[7] Miguel, Jesús M. de (1996) “Auto/biografías”. Cuadernos Metodológicos, nº 17 enero de 1996. Madrid: CIS-Centro de Investigaciones Sociológicas. pp. 49-51.

[8] Rocha, Clara (1977) ibid. p. 54.

[9] Rocha, Clara (1977) ibid. p. 55.

[10] «la prueba definitiva de que nos hallamos ante una biografía es su correspondencia con la realidad […] cuando la biografía rebasa los estrechos límites de la historia, ya es otra cosa, aunque esa cosa tenga forma autobiográfica […] convendría reservar el término biografía a las puramente informativas, habitualmente salidas de la mano de historiadores o de periodistas, que se limitan a narrar datos fehacientes para permitir que el lector deduzca sus propias conclusiones y se forme su propia idea del biografiado». Pero, sin caer en ser una mera variante o subgénero de la historia, «en las biografías se aplican métodos de interpretación diferentes: materialistas, psicológicos, psicoanalíticos…» porque consiste: «en entender una vida»: Senabre, Ricardo (1998) op. cit pp. 35-36.

[11] Rocha, Clara (1977) ibid. p. 55: «Al acentuarse la importancia del presente en el acto de escribir, el estilo parece estorbar a la fidelidad de las reminiscencias y contribuir al carácter arbitrario de la narración. En realidad, porque, el estilo autobiográfico vincula una y otra imagen de veracidad. Su originalidad puede agravar el peligro de inexactitud de los hechos relatados, mas acentúa la autenticidad actual del yo narrador. A través de un modo singular de elocución, éste va diseñando a lo largo de la escritura una imagen verdadera de su personalidad».

[12] Uno de los aspectos argumentativos del desarrollo del biografismo que sostiene el profesor Miguel Ángel Pérez Priego en su ponencia “Sobre la biografía de los autores medievales” del VII Seminario Internacional del ISLTYNT-UNED. En:
> Romera Castillo, José y Gutiérrez Carbajo (Eds.) (1998) op. cit p. 58.

[13] Cordón García, José Antonio [et al.] (2001) Manual de investigación bibliográfica y documental. Teoría y práctica. Madrid: Pirámide. p. 222-223: «La mayoría de los escritos biográficos están realizados por intelectuales identificados y reconocidos, imbuidos de un componente que impregna poderosamente a todos los sectores sociales y que se erige en factor de confianza básica en la transmisión social del conocimiento: éste es la Autoridad. La actual división del trabajo intelectual, y sobre todo sus derivaciones mediáticas, vía prensa, radio y televisión, parece exigir que una persona acepte las percepciones, el razonamiento y las recomendaciones de otra simplemente sobre la base de su posición, en nuestro caso de la representatividad cognitiva que se le presupone. A medida que la sociedad se hace más compleja, más especializada y diferenciada, mayor es también la distancia que separa al ser social de la conciencia social. A través del intelectual los colectivos se exploran, se analizan, se descubren, de tal forma que éste contribuye a la autotransparencia ajena, al tiempo que busca aprecio y estatus propio. Pero este papel emergente del intelectual sólo se puede desarrollar a cambio de una fuerte transferencia de reconocimiento sobre su autoridad cognitiva. […] El principio de autoridad sería de todas formas poco eficaz si no se viera reforzado el sujeto enunciador por un medio cuyo prestigio está profundamente arraigado en la estructura interna del subsconsciente colectivo. La fascinación por la palabra impresa opera como una instancia de persuasión formal, de la misma naturaleza que la que subyace en el resto de los medios de comunicación. El hecho de ser publicado constituye un a priori argumental que desarma prevenciones desconfiadas, como las que puede suscitar la interlocución, y predispone a esa confianza delegada por la autoridad».

[14] Pozuelo Yvancos, José María (2006) De la autobiografía. Teoría y estilos. Barcelona: Crítica. p.47: «El mercado editorial es, cada vez más, un mercado de nombres propios y el mayor problema de cualquier autor que empiece es, paradójicamente, el de hacerse un nombre».

Esto nos lleva a los planteamientos enseñados por el profesor Cordón en su asignatura de Industria editorial en la Facultad de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca: el panorama actual de la edición, los entresijos y funcionamiento del mundo editorial, la visibilidad de los autores y la sociología de la cultura, específicamente la sociología del campo literario. La explicación de la obra y legado del sociólogo francés Pierre Bourdie, especialmente de su obra:
> (1995) Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario. Traducción de Thomas Kauf. Barcelona: Anagrama, 1995. De ella pueden leer su “Post-scriptum”.

[15] Cordón García, José Antonio [et al.] (2001) op. cit p. 223.

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