«El hombre – cada hombre – posee siempre un talante fundamental del que emergen cambiantes estados de ánimo»[1]. Quien se dedique a investigar debe procurar el más adecuado estado de ánimo para enriquecer dicha gimnasia intelectual. Para disponerse a dialogar también se debe adoptar la mejor actitud que pueda facilitar el diálogo. Y así para cualquier quehacer es imprescindible admitir la necesidad de que no se puede encarar sin fuerzas y dominio de uno mismo. No se puede pretender querer y no querer al unísono.
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